Eri tu

Hablar de barítonos verdianos y dejar de lado a Piero Cappuccilli es cometer una injusticia mayúscula. No ha habido, en todo el siglo XX, un Simon Boccanegra más noble que el cantante triestino (1929-2005). Y no es este un rol cualquiera en la producción verdiana, mayestático como ninguno, solemne, doliente, padre y guerrero. Una voz mórbida, homogénea en toda su extensión (que llegaba hasta el sib3!), de técnica impecable. Un lujo para aquellos años 70, una Arcadia para los tiempos que corren, devorados por los camelos. Un accidente de tráfico en 1992 precipitó su retirada, y nos privó de su magisterio en los teatros. Él siguió dando lecciones, pero en privado.

Pero Cappuccilli fue mucho más que un Simón. Supo encarnar al poliédrico Macbeth, a la sombra siempre de su gigantesca Lady; confirió grandeza a un papel menor como el Ezio del “Attila”; recitó como pocos la maldad de Jago en “Otello”; e interpretó a un gran Rigoletto, quizás el papel más difícil de cuantos compuso Verdi para la cuerda baritonal. Porque no consiste en dar las notas, ni siquiera en decir la parte. El jorobado exige una profunda psicología, construir un personaje y trasladar al espectador la batalla emocional del padre vejado, engañado, humillado e iracundo. Fraseando como Cappuccilli, esto no suponía un mayor problema.

Sin embargo, traigo hoy otro personaje distinto de los mencionados, y que a veces pasa desapercibido. El Renato de “Un Ballo in maschera” tiene el infortunio de compartir escena con dos personajes de un magnetismo brutal, el jovial y desenfadado Riccardo y la atormentada Amelia. Riccardo es una evolución del personaje del Duca di Mantua: es un gobernante, es un crápula, es odiado por su corte, y mancilla a la mujer de otro. En este caso, no es la hija de su bufón sino la esposa de una suerte de primer ministro o valido, el tal Renato. A diferencia del Duca, Riccardo sí sufre un acto de verdadera contrición, y paga su ofensa con la vida, a pesar de que nunca ha mancillado el honor de Amelia, más allá de un libidinoso deseo carnal.

El legendario “Eri tu che macchiavi quell’anima” es el aria en la que Renato proclama su venganza sobre Riccardo, llorando la traición sufrida a manos de quien creía su amigo, además de su regente. Es interesante escuchar cómo ataca Cappuccilli el aria (a partir del 1:15), con ese lamento a media voz, que conforme transcurre la pieza se va tornando en indignación, en ofensa, pero que cae en la melancolía, en el recuerdo de aquellos dulces días junto a Amelia, la madre de sus hijos. Y entonces el canto vuelve a recuperar su nobleza, con ese “O dolcezze perdute” de un lirismo profundo. Es importante fijarse en la variedad del canto, en cómo no hay monotonía, en la diversidad, en la construcción de un personaje. Este video pertenece a unas funciones de La Scala en 1978, bajo la dirección de Claudio Abbado.

Eri tu che macchiavi quell'anima, 
La delizia dell'anima mia; 
Che m'affidi e d'un tratto esecrabile 
L'universo avveleni per me! 
Traditor! che compensi in tal guisa 
Dell'amico tuo primo la fé! 

O dolcezze perdute! O memorie 
D'un amplesso che l'essere india!... 
Quando Amelia sì bella, sì candida 
Sul mio seno brillava d'amor! 
È finita, non siede che l'odio 
E la morte nel vedovo cor! 
O dolcezze perdute, 
O speranze d'amor!

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