Aplaudir indecencias

Llevo un tiempo levantándome un poco quinceemeño. Días tontos que tiene uno. Hasta fabrico mis propios eslóganes populistas y demagógicos. Me los recito delante del espejo y me siento mejor persona, mejor ciudadano, mejor periodista (algo, por otro lado, tremendamente sencillo). Ya sabe, señora, que evito hablar de políticos en el blog. Me aburren demasiado como para tomármelos en serio, y para reírme ya tengo esos fabulosos documentales de los canales TDT que vinculan la expansión nazi a las civilizaciones extraterrestres y cosas así. Ayer vi uno y se me saltaban las lágrimas con las carcajadas. “¿Por qué decía Hitler que Alemania conquistaría el mundo? ¿Acaso poseía tecnología de otro planeta que nadie más conocía para desarrollar sus propósitos?”, se preguntaba el narrador. ¿Quizás es que estaba loco de atar, queridos documentalistas de lo paranormal? ¿Quizás estaba tan tarumba como vosotros? Risas, que siempre son necesarias en tiempos de crisis.

La vena quinceemeña me ha atacado por el flanco deportivo. Porque los descamisados de la pancarta, los cruzados antidesahucios, los joviales asaltadores de supermecados “por la gracia de la solidaridad obligatoria”, los combatientes del malvado capital, deben estar de vacaciones. Yo entiendo que hasta para la protesta es necesario recuperar fuerzas en la playa, que luego llega el otoño y hay que seguir armando jaleo en defensa de todo lo que haya que defender, que supongo que será una lista creciente de cosas. Pero si toda esta buena gente dice actuar por principios éticos y morales dentro de una sociedad como la nuestra, ¿tienen pensado ir a manifestarse delante del Bernabéu cuando el Madrid anuncie que se va a gastar casi 100 millones de euros en un futbolista? ¿Han considerado que con ese dinero se puede dar de comer a muchas familias que lo están pasando mal en la capital de España? ¿No se sienten tentados a denunciar un gesto de ofensiva opulencia en mitad de una recesión que está mandando a la miseria a miles de familias cada mes?

Porque ya me resultó extraño que estuvieran todos bien callados cuando el Barcelona desembolsó más de 50 kilos de manteca de la buena por otro jugador este mismo verano. Para definirse como “més que un club” y llevar la senyera en su segunda equipación, yo habría esperado que el FCB hubiese destinado algún milloncejo que otro a que el gobierno catalán no cierre camas en hospitales. Porque así sí se hace país, y no con conciertos para pedir la independencia. Visto está que los independentistas gustan más de ir al fútbol que de pensar en las miserias de sus semejantes. Igual es que los pobres son españoles y no catalanes.

La indecencia se ha instalado en los clubes de fútbol. Y nosotros, todos nosotros, la aplaudimos, señora. Lo hacemos cuando jaleamos la presentación de nuevos fichajes de jugadores mientras esos clubes deben dinero a Hacienda y la Seguridad Social. Lo hacemos cuando no nos importa que le escamoteen decenas de millones de euros al sistema que paga a los médicos, a los profesores, las pensiones o el desempleo. Los romanos acuñaron aquello del “panem et circensis” para definir la política de algunos emperadores a la hora de entretener a la masa. Desde luego, somos una sociedad evolucionada. Nos han quitado el pan, y ya nos vale sólo con el circo.

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