Apilando, que es gerundio

Durante el año y pico escaso que compartí piso con él, me llamó siempre la atención el completo desorden en el que vivía mi buen amigo el Doctor. Desorden que en nada se extendía ni a sus hábitos ni a su rectitud moral. Orden por dentro, caos por fuera. Su habitación, siempre más grande que la mía, estaba tomada por libros y discos de música clásica y Stephane Grapelli. Entonces, me parecía incompatible escuchar el “Oratorio de invierno” de Bach y a esos franceses chalados que tocaban la guitarrita y decían que era jazz. Llámelo juventud, señora.

Tenía la capacidad para amontonar libros en la mesilla de noche. No descarto que fuera un indulto concedido a su estantería, raquítica, torcida, sobreexplotada. Siempre me decía que no los apilaba por necesidad, sino porque los estaba leyendo. Los siete. En función de su estado de ánimo, se decantaba por Cátulo, por un ensayo sobre la literatura medieval o, escasas las ocasiones, por una novelita contemporánea. Y si era sábado, se añadía el suplemento cultural del ABC. Pero él leía El País, aclaraba raudo. Complejo de culpa, razoné años más tarde.

No comprendí la capacidad de conjugar varios libros al mismo tiempo hasta hace unos meses, cuando quise atreverme con “Absalón, absalón”, de William Faulkner. Ha sido uno de los pocos libros que me ha derrotado como lector, que me mandó a la lona con una prosa espesa, que no está hecha para entretener sino para ser sufrida, que agota tu atención y te penaliza si durante una fracción de segundo trasladaste tus pensamientos de vuelta a tus problemas. Entonces necesité el auxilio de otro libro, un ensayo de Paul Preston sobre los asesinatos políticos en la España guerracivilista y sus años siguientes. Y en su árido retrato del cainismo patrio encontré solaz frente a la verdadera guerra, la mía con Faulkner.

Hoy, el libro de Preston sigue donde lo dejé cuando conseguí finalizar a Faulkner. Se ha debido convertir en mi oasis para casos desesperados. Y estuve tentado de refugiarme en él tras el décimo capítulo dedicado a ilustrarme sobre las ballenas que Melville escribe en “Moby Dick”. Resistí, magnetizado por Ahab y su obsesión. Todos perseguimos una ballena blanca. Y todos acabaremos devorados por ella. Algún día. Hoy, ya no son dos libros los que ocupan mi mesilla, sino tres. El de Preston y dos sin estrenar. Sólo uno verá correr el marcapasos. Mientras decido, contemplan el dormitorio.

Está la teoría de que apilar libros en la mesilla traslada una imagen de una cierta intelectualidad. En mi caso he pasado a considerarlo una ingente estupidez: hace meses que nadie entra en el dormitorio, y a mí ya no me engaño con tanta facilidad.

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