En barbecho

En ocasiones me sobreviene aquella sintonía del programa nocturno que Sánchez Dragó tenía los domingos cuando estudiaba en Madrid. “Todo está en los libros”, canturreaba una vocecita femenina y lánguida. Seguramente que no es así, que hay cosas que se escapan de las páginas. Pero al final, acabamos recurrentemente sumergiéndonos en ellos, incluso en los momentos de tristeza, de desasosiego, de hartazgo, de cansancio. Hasta cuando un castillo de sueños construido a lo largo de varios meses se derrumba sin siquiera estar terminado. Incluso en esos miserables momentos de derrota, nos conducimos a una buena novela. Es eso o darse al whisky. Hay una opción intermedia: escribir una historia. Eso está al alcance de muy pocos.

Acabo de concluir el séptimo u octavo libro de este mes de agosto. Por el camino he dejado a Hemingway, Elmore Leonard, mi siempre fiel Stephen King, el elefantiástico Ken Follet, Márkaris, Grangé y ahora a Joel Dicker. “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, se llama su novela. Es original. No tanto en la historia, porque esta cosa de una desaparición que se resuelve treinta años después y que sacude una pequeña población norteamericana ya está más que contada. Sí lo es en la forma, o al menos lo intenta. Hay un juego de metaliteratura ocurrente. Se lee con mucho agrado.

Y una vez más, estamos en ese instante en el que nos queda el regusto del libro recién terminado mientras el cuerpo nos pide lanzarnos al siguiente, mantener la dosis de narcóticos activa para no sucumbir a la espiral del fracaso personal en la que, de manera palmaria, estamos instalados desde hace meses. Quizás fueron años, pero no me había percatado. Tenemos el cuerpo en barbecho, como los campos de siembra después de una colecta. Damos un pequeño respiro a la tierra, que se oxigene, que se recupere tras haber dado frutos (buenos o malos) a la espera de la próxima cosecha. Antes plantamos pimientos con sabor a novela negra, y han salido apetecibles. Durante el barbecho repensamos si queremos más de lo mismo o el cuerpo pide patatas clásicas, tomates fantásticos, lechugas terroríficas o berenjenas históricas. Lo único claro es que no sembraremos cebollas románticas. En esta tierra tan seca, visto está que no agarran bien.

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