Atardeceres

Hay placeres íntimos. Gozos nuestros, y de nadie más. No los compartimos, ni siquiera los explicamos. Los vivimos, los disfrutamos, se nos escapa la sonrisa culpable y miramos a nuestro alrededor para pensar que nos rodean unos pobres infelices que no paladearán jamás estas dulces mieles. Son tan propios que sería difícil incluso hacérselos entender a una pareja. Porque nos puede caer una mirada de incredulidad. Y acto seguido, una luz celestial iluminará a la otra persona hasta el punto de preguntarse qué hace a nuestro lado. Son placeres íntimos, pero alguno es hasta confesable.

Yo acabo de descubrir uno nuevo, paseando por las calles de Florencia siguiendo los hábitos de uno de sus ficticios moradores, el doctor (y caníbal) Hannibal Lecter. Pocas cosas podrán compararse a ver atardecer desde el Arno, con la vista en el Ponte Vecchio y su ambarino reflejo en el río, mientras se degustan los acordes de las “Variaciones Goldberg” sonando en unos auriculares. Porque los paseantes que se hacen fotos junto a los candados del puente, los japoneses que saludan a cámara como si el mundo fuese amable y gracioso, los rusos que se tambalean esperando que caiga la noche para batir un nuevo récord de ingesta de cerveza, los italianos que sólo se preocupan por las arrugas del traje, las inglesas en busca de italianos y demás fauna que me rodeaba, no merecen catar esta ambrosía. Es mía y sólo mía.

Bach suena en mis oídos mientras el sol tiñe de naranja las aguas del río. Quizás Stendahl vivió algo parecido. Igual estaba sentado en una ventana de los Uffici mientras algún intérprete se aliaba con el genio de Lepzig para añadirle música a la belleza más pura, la de la naturaleza. Aquello de que quedó paralizado cuando llegó a Santa Croce es un mito. Creo que le avergonzaba ante su público admitir que la embriaguez le sobrevino con una puesta de sol, y optó por trasladarla de escenario.

Es curioso esto de los puentes y los atardeceres. Es uno de las instantáneas que me quedan de mi primer viaje a Roma, hace ya más de siete años. Y es otra de las que justifican que siga yendo a Venecia a esperar a que caiga la tarde sobre el Gran Canal. E incluso sin puentes, el ocaso en el Bósforo tampoco lo puedo olvidar. No sé. Puede que haya algún click interior que me retrotraiga a mi infancia, a las puestas de sol que, a diario durante años, he visto en el estuario del Guadiana.

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