Eso que llaman el futuro

El día de mañana. Qué bonita imagen para referirnos a dentro de veinte años. ¿Qué queremos para el día de mañana? Al parecer, debemos decidirlo en la década de los treinta. Así viene recogido en el manual de convenciones sociales. Tenemos que saber qué vías de tren vamos a recorrer de aquí hasta que nos muramos. No vale la improvisación. Hay que asumir una hoja de ruta y aplicarla con estricto pragmatismo. ¿Cómo se nos puede ocurrir vivir al día? ¿Quién se atreve a rechazar ese maravilloso plan de matrimonio, niños, hipoteca, vacaciones en agosto en el pueblo, tuperwares de la suegra llenos de cocido, cenas con amigos para hablar de universidades y carreras de futuro para la prole, debates acerca de la decoración del salón y discusiones acerca de la pérdida de romanticismo? Si usté lo hace es directamente un marciano, un ser de otro planeta, un individuo asocial y que no merece el abrazo y comprensión de la comunidad que le rodea.

Y me lo va decidiendo ya mismo. ¿Cuántos años tiene? ¿Treinta y dos? ¡Corra! ¿Treinta y siete? ¡Se le está pasando el arroz! ¿Cuarenta? ¡Paria! Usté no es nadie para aspirar a ser un individuo en sí mismo. ¿Quién se cree? Déjese de luchar y sumérjase en la resignación, en el conformismo low cost, en la masa. Sea uno más y no discuta. Porque si osa vulnerar las convenciones de la mayoría, será señalado, será apartado, será un desgraciado. Así que ni se le ocurra querer ser uno mismo. Ya está tardando. ¿Acaso cree que hay más gente como usté, que se atreve a cuestionar los sanos y cristalinos principios de la todopoderosa mayoría? Es un espejismo. Y si acaso hay algún tirado de este pelaje, no merece su comprensión, sino su profundo rechazo. Esa gente diferente no está sino resentida con el éxito y la felicidad que emana de aquellos que viven según los postulados de las convenciones sociales. ¿Dije gente? Gentuza, mejor.

Fíjese en el caso del fulano que escribe en este blog. No hace sino acumular fracasos por buscar ideales inexistentes. Un pirado que bien podría estar casado, rehipotecado y cuidando dos churumbeles a los que educar en la única verdad verdadera. Y ahí lo tiene, arrastrándose por teatros de ópera, enamorándose de la noche, recluido en sus miserias, convirtiéndose en un ejemplo de todo lo que no se debe ser en la vida. Todo este blog no es sino la oda perpetua de un perdedor. No tendrá nunca niños de los que sentirse orgulloso, mujer que le cuide cuando sea incapaz de controlar el esfínter, cuñados con los que cocinar arroz con pollo los domingos, sobrinos a los que apadrinar…

Ya lo ve, señora. Dígale a su hija la pequeña que no crea las tonterías que escribe el tal Dino Martin. Porque perseguir imposibles es un sueño de adolescentes. Y la niña ya la tiene crecidita.

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