Retorno al pedal

Entiéndaseme en el sentido menos metafórico: hablo de bicicletas, no de borracheras.

El odio visceral hacia las dos ruedas parece que remite. Ayer conseguí finalizar la media hora larga de bicicleta sin desfallecimientos, sin deseos de tirarla por el barranco más próximo, convencido de que día a día podré aguantar cinco minutillos más y pesar quince gramos menos. Es curioso cómo funciona nuestra cabeza. El asombroso poder de la sugestión, del autoengaño, del convencimiento a uno mismo para afrontar las tareas más hercúleas imaginables. Hace dos días, subir la empinada cuesta de mi casa era como el Tourmalet, una cosa para ver por televisión y pare usté de contar. Hoy, es el reto más inminente: llegar hasta arriba sin que la lengua asome por falta de fuerzas.

Tan es así que ayer liquidé la necesidad de azúcares con sólo una coca-cola. Esto marcha, señora. Pero verá cómo empieza a llover y se me jode el espíritu deportivo.

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