Parmi veder le lagrime

En un foro que frecuento bajo otro seudónimo (otro más), han planteado la pregunta de cuál es nuestra aria verdiana de tenor favorita. La competición es reñidísima, porque el maestro compuso algunas de las mejores páginas para la cuerda de la historia de la ópera universal. Alcanzar la gloria interpretándolas abre las puertas del Olimpo lírico. Compruébelo usté misma, señora. Agarre cualquier disco recopilatorio de arias de cualquier tenor, jóvenes o consagrados, y verá como todos aspiran a saborear las mieles del éxito verdiano.

Mi elección particular es toda la escena con la que se abre el segundo acto del “Rigoletto”. Es el recitativo “Ella mi fu rapita” seguido del aria o cantabile “Parmi verder le lagrime”, una pieza de una dificultad notable porque es una subida constante en la tesitura del canto, incidiendo siempre sobre la llamada “zona del paso” de la voz, ese punto de inflexión entre las notas de pecho y las de cabeza. Además, tiene unas frases larguísimas, que exigen un control total de la respiración para no quedarse sin aire a la mitad y tener que interrumpir la emisión. Un tenor que debutaba el Duca me comentaba una vez que “en este aria es todo soplar y soplar”, y admitía sus dificultades.

Y, claro está, todo esto hay que saberlo cantar como Verdi indicaba, y no parecer que se está leyendo una guía de teléfonos. Se lo digo siempre. No es necesario inventarse nada a la hora de interpretar a Verdi. Basta seguir sus signos sobre el pentagrama, sus marcas para disminuir o aumentar la voz, atender a cuándo hay que dar una nota a plena voz en forte o cuando hay que recogerla en un piano o un pianísimo. Donde sí está abandonado a su suerte el cantante es en el fraseo. Darle intención a lo que se dice depende del talento de cada uno. Y eso no se compra ni se vende. Eso se tiene o no.

Alfredo Kraus fue el mejor Duca di Mantua de su generación. Es, junto con Pavarotti, una referencia imprescindible en el rol desde 1950 hasta nuestros días. Sus interpretaciones no son clónicas, ya que Kraus dibuja un noble con un punto altivo, arrogante como demanda el libreto, mientras Pavarotti le aportaba su picardía y su soleado y luminoso timbre para convertirlo en todo un seductor. Esta grabación es un directo de Parma de 1987. El tenor canario ya había cumplido la sesentena, y sin embargo, todavía mantenía en repertorio un rol que otros muchos compañeros retiran con apenas 40 años. La pureza del canto krausiano impregna toda la página. Fíjese en las modulaciones de la voz, en como no hay dos frases iguales, en un canto diverso y riquísimo. Un ejercicio impagable que por sí solo justifica la pasión que la ópera desata entre los aficionados.

Sí, la iluminación de la producción es de juzgado de guardia.

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