Relegar, postergar, aplazar

Consideremos que el estado óptimo del ser humano es su practicidad. Sí, están esos señores que se dedican a teorizar en casos de improbables concatenaciones de circunstancias sumamente extrañas. Elaboran sesudísimos protocolos de actuación que luego nunca nadie es capaz de aplicar ni de poner en marcha. Seguramente ya exista un “Manual práctico ante la amenaza de colisión de un meteorito en el Hemisferio Norte”, con cientos de indicaciones, entre las que sospecho que figurará la de rezar. Su efectividad está todavía por probar. Luego están los filósofos, los de verdad, que construyen estructuras de pensamiento de colosales dimensiones pero sobre fráfiles cimientos de cartón piedra. La realidad no es una cosa que les preocupe, porque en verdad el común de los mortales no la percibe como es, y ellos son los arcanos guardianes de esa auténtica percepción. ¿Conoce a algún filósofo millonario? Lo que yo le decía.

Ya hemos reconocido en varias ocasiones que, mayormente, la vida es un asco. Afortunadamente tenemos nuestras escapatorias para hacerlo llevadero, pero es un asco igual. Y lo es por infinitas razones. A todas ellas, yo añado el desastroso clima de Compostela. Ríanse del viento en Tarifa. La razón pura aconsejaría que, tan pronto alcanzamos la mayoría de edad, nos encerráramos en un convento cartujo para redactar nuestro propio manual de conducta ante los hechos probables o no tan probables que puedan cruzarse en nuestro camino. Cosas tales como “me sale un hijo bético”, “me destinan a trabajar a la otra punta de España”, “tengo un perro al que quiero mucho y lo atropella mi mejor amigo”, “me he enamorado de mi prima aunque ella es lesbiana”, etcétera. Como ve, situaciones cotidianas con las que lidiar.

Debe ser que somos poco o nada razonables, porque nadie elabora su propio tratado de autoayuda de manera preventiva. Llámenos perezosos, señora. Somos más de postergar las decisiones, de aplazar nuestras actuaciones hasta que llegue el momento determinado de hacerlo. Es ser práctico. Porque fijar una postura determinada y mantenerla de modo férreo puede hacerla impermeable a los cambios que se produzcan a nuestro alrededor, a las nuevas circunstancias, a nuestra propia evolución como individuos. En parte porque el berrinche preventivo es una inmensa pérdida de tiempo que debe quemar más neuronas que una borrachera de orujo blanco.

A veces, incluso, es aconsejable no tener una opinión, una posición. A veces la indiferencia y la ignorancia nos hace más felices. A veces el pensar las cosas demasiado las pudre, y con ello, los resultados que hubiéramos querido obtener.

Y conste que todo esto no lo he pensado. Venía en una lata de judías.

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