La paterna mano

“Macbeth” es una ópera extraña. Se escapa de las convenciones en las que el héroe es el tenor, su amada la soprano, y el villano es el barítono, con el bajo haciendo las veces de padre contra el que hay que luchar. Incluso extraña dentro de la producción verdiana, a la vista de lo que el maestro había compuesto hasta el momento. No lo es que cediera el protagonismo al barítono para encarnar al atormentado regicida. “Nabucco” o “I due Foscari” ya concedían ese papel, y lo volvería a hacer en “Rigoletto” o “Simon Boccanegra”. Son títulos que, sencillamente, no puedes hacer sin un barítono de garantías.

La extrañeza de “Macbeth” es el tono crepuscular de toda la ópera, desde su mismo comienzo, y ese juego de voces graves que se genera entre el protagonista, el bajo que encarna a Banquo y la diabólica Lady, uno de los papeles más espinosos de la cuerda verdiana. No basta con tener las notas para cantarlo, hay que saber imprimirle las toneladas de carácter que exige, adecuarse al incisivo fraseo, poseer unos medios sobre los que asentar un sonido robusto y amplio. Curiosamente, es un rol frecuentado en el pasado por muchas sopranos wagnerianas. Imagínese la dureza, señora.

En mitad de toda esta vorágine, Verdi concede al tenor un papel muy secundario, el de Macduff, el noble al que, en pleno ataque de locura, Macbeth le asesina a los hijos. A sangre fría, mientras dormían (o como mejor guste al director de escena de turno). Cuando descubre la atrocidad, el destrozado padre entona este “Ah, la paterna mano”, un aria breve pero intensa, en la que no hay sobreagudos ni piruetas vocales, sino simple y puro canto italiano. Comentaban en un foro un chascarrillo: a estas alturas de la ópera, ya hay mono de tenor. Esta es la dosis.

Se demanda saber jugar con las intensidades, modular, combinar el lamento del comienzo con el llamamiento a la venganza en la parte final. He encontrado este vídeo de Roberto Alagna a finales de los 90, desde la Scala, interpretando la pieza bajo la égida de Riccardo Muti, el guardián de las esencias verdianas de nuestro tiempo. Qué bien cantaba este joven Alagna.

Ah, la paterna mano
Non vi fu scudo, o cari,
Dai perfidi sicari
Che a morte vi ferir!
E me fuggiasco, occulto,
Voi chiamavate invano,
Coll'ultimo singulto,
Coll'ultimo respir.
Trammi al tiranno in faccia,
Signore! e s'ei mi sfugge,
Possa a colui le braccia
Del tuo perdono aprir.

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