Esbozo de sonrisa

A veces no todo es un asco, señora. Hay ocasiones, incluso, en que a pesar de que el otoño se ha convertido en la única estación del año, a pesar de que la soledad crece como la maleza, a pesar de que no terminamos de encontrar el rumbo exacto para sortear esta encalmada que nos ha sumido en mitad de una densa bruma, algunas cosas merecen la pena. Una de ellas es descubrir música nueva, sorprenderse con sonidos y melodías que nos infundan ese soplo de ánimo, ese aliento mínimo. Yo lo he encontrado en las piezas de cámara de Carl Reinecke, un autor cuya existencia ignoraba, y al que he aterrizado como suele pasar en estos casos, por simple casualidad.

Hay en su producción algunas piezas sinfónicas, que no pasarán a la historia. Distintas son sus páginas para dos o tres instrumentos, las sonatas para clarinete o flauta, los tríos o las obras para piano. Es música para mirar por la ventana mientras llueve, para combatir el silencio, para acompañar las largas tardes de pensamientos vacíos.

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