Infidelidades

Me voy a confesar infiel. Este es uno de esos días que uno cree que jamás llegarán, señora. Y entiendo que su hija la mayor haga oídos sordos a mis galanteos. Me lo tengo muy merecido. Porque yo tampoco pensé nunca verme en esta situación. Por lo general, me he considerado una persona leal, de atender a una única prioridad a la vez. Porque en la diversificación está el desastre: falta de atención, devaluación de la relación, ausencia de cariño… Ya sabe, todos los prolegómenos del desastre que acaba en el fracaso, la ruptura y el abandono. Muy rara vez se vuelve. Y nunca es lo mismo. Después de una decepción, no quedan ganas de verse.

Me encuentro raro. Llevo todo el fin de semana recreándome en este terreno licencioso y disoluto de la infidelidad. Y pensé que me notaría más raro, más incómodo. Pero estoy combinando con pasmosa facilidad a una y otra. Una me demanda muchísima atención, que me centre en ella en todo momento. Y yo lo hago porque creo que al final debe haber una recompensa que premie mis esfuerzos. Y la otra no es necesariamente más liviana, pero sí más accesible, dentro de esos gustos raros que ya sabe que gasto, señora.

No sé exactamente si ellas se enfadarían de conocer la existencia de “la otra”. Parece excesivo otorgar un alma a las novelas, ¿no? Sea por “Absalón, Absalón” del enrevesado Faulkner, y por “El holocausto español” de Paul Preston. A día de hoy, la literatura es la única amante que no me falla.

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