Odios

Hay expresiones que suenan rancias, antiguas como una foto en sepia. Una de ellas era esa de “las dos Españas”, que se remonta a los tiempos de la II República, y venía a definir los dos bandos enfrentados en aquella sociedad que no estaba preparada para la catarsis democrática que suponía aquel modelo político. Tan poco preparada estaba que duró lo que duró, y acabó como acabó: golpe de estado, guerra y dictadura. Todo ello en tres años tres. Luego, más división entre vencedores y vencidos. Y nos habían contado que la Transición había obrado efectos taumatúrgicos, o más bien de cirujía regenerativa: coser lo descosido y pelillos a la mar con el pasado más negro.

En los últimos tiempos, todo está impregnado de odio. Desde las manifestaciones de un sector de la política (que acaba contaminando al resto) hasta las informaciones de los medios de comunicación, pasando por los comentarios de ese estercolero gratuito que son las redes sociales. Ciertamente, la crisis y sus efectos se están convirtiendo en un caldo de cultivo para el resentimiento, y la visceralidad propia de las culturas latinas hace el resto. Los que sufren atacan a quienes no lo hacen, quienes no trabajan la emprenden contra los que sí lo hacen y además perciben un sueldo razonable, y luego todos sin distinción atacan a la clase política. El fondo responde a lo esperable, pero no así las formas.

Son tiempos de apologías del catastrofismo social, de agitaciones interesadas y mediatizadas, de una ciudadanía que ataca y de otra que se defiende, de una dicotomía entre quienes gritan sus ideales y quienes los callan para evitar ser agredidos. Son tiempos en los que se ha instalado un pensamiento único, sacralizado e institucionalizado por “la calle” y contra el que combatir sólo genera más odio y enfrentamiento. Son tiempos sin reglas morales ni éticas. Qué curioso que sean los mismos males que se le achacan al modelo capitalista, y ahora sean el manual de guerrilla de sus detractores.

Así no vamos a ningún lado. Se lo digo como lo siento, señora. Y recuerdo una frase del viejo Fraga, aquella mítica de “juntos llegaremos a la victoria, separados nos vamos al carajo”.

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