Incienso

Echo en falta estos días el olor a incienso, ese que anuncia la llegada de una procesión de Semana Santa, al que acompaña el silencioso paso de los nazarenos y su mar de cirios y el inconfundible rachear de las suelas de esparto de los costaleros de cristos y vírgenes. Es como si la Semana Santa no fuera a dejar poso en mí, como si no existiese este momento del año. Es una ausencia muy particular, que me recuerda que estoy lejos de casa, aunque hoy mi hogar esté aquí, bajo la bruma compostelana que me ha regalado tres meses casi ininterrumpidos de lluvia. Hoy no es la excepción.

Extraña uno la solemnidad de los cortejos cofrades, el rictus serio que le invade al paso de un nazareno o una dolorosa bajo palio, el pellizco de emoción que lo atraviesa con una buena faena de los costaleros al son de una marcha, la mirada perdida en el infinito de las tallas, la mezcla de dolor y gozo que se combina en la Madrugá.

Un Jueves Santo más, estaré lejos de la Villa, de la Puerta del Perdón que verá salir a los amigos bajo el capirote morado y el terciopelo azul del manto de la Amargura. Va con ellos mi cariño, en sus ocho horas de procesión, llevando una oración, una caída y un llanto hasta la Ribera, para devolverla al Salvador tras abrir las puertas del Socorro.

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