Principios

Quizá debiera aclarar que no se trata de hablar de inicios de libros o de comienzos de relaciones. La riqueza de la Lengua permite estos dulces equívocos semánticos.

No, señora. Hoy creo que quiero hablar de principios, de valores, de creencias. Es lo único que ni se compra ni se vende. Son los que igualan al pobre y al rico, el más importante patrimonio del ser humano y que va formando a lo largo de su vida. Cuando estemos en la caja de pino o esparcidos por el océano, más vale que digan de nosotros “era un tipo honrado” a “vaya chalé en la playa que tenía el cabrón”. Incluso para entender esta reflexión hay que poseer según qué valores. Digo valores y no educación, porque la bondad y la maldad no entiende de títulos universitarios. Si me apura, ni del graduado. Se puede ser analfabeto y humilde. Se puede ser banquero y ladrón.

El respeto puede considerarse como una piedra de toque en el amplio campo de los principios. Desligándose del respeto, en una rama de su árbol genealógico, están la tolerancia y la comprensión. Árbol fornido éste, ya le digo señora. Pero el respeto empieza por uno mismo. No podemos respetar a los demás si no nos conocemos y nos respetamos a nosotros. Y eso pasa por ser honesto con las creencias y valores que uno ha tenido desde que nació. La autonegación conduce a la amoralidad. Somos como somos. Nuestra esencia es inmutable, aunque podamos acomodarla a la realidad.

Transigir no es entender ni compartir. Transigir es una suerte de armisticio en la guerra entre los principios de cada uno y la realidad que le rodea. Hay un lado más oscuro en la transigencia, que es la resignación. Es una planta muerta, que no crece ni florece, pero que está ahí. Asumimos que toca dejarla en el arriate de nuestros principios porque arrancarla puede llevarse por delante cosas importantes. Además, luce bien poco al lado de nuestra esplendorosa mata de principios. Así debería ser al menos en una existencia plena.

No, la felicidad no es un valor ni un principio. Es un estado pasajero, un cóctel imprevisible que se limita a producirnos un placer momentáneo mediante reacciones químicas en nuestras neuronas. La felicidad a cualquier precio es un error, porque es rayana en la amoralidad y el hedonismo. Esto no es una condena al Valle de Lágrimas, es un reconocimiento de que existen responsabilidades superiores al libre albedrío. Nadie dijo que la vida fuese fácil.

También le digo: al final, sólo nos tenemos que dar explicaciones a nosotros mismos. Somos dueños de nuestras decisiones, de las acertadas y de las erróneas.

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