Morirse

La única cosa que nunca se pondrá de moda en este mundo superficial, banal y amoral es morirse. Precisamente porque no tiene marcha atrás y te impide seguir haciendo el mona en este mundo superficial, banal y amoral. Una mera cuestión de oportunismo, señora.

Dicen que morirse es la cosa más democrática del mundo, porque ante ella todos son exactamente iguales. Incluso los directivos de los bancos que se han forrado el bolsillo con indemnizaciones millonarias tras conceder miles de hipotecas a familias de insolvencia indubitada y pronosticada. Incluso los papas que pasan entre algodones una existencia de rezo y miopía ante los cánceres vaticanos como el abuso de menores o los desfalcos del cepillo. Incluso los magnates del petróleo, la construcción, las finanzas, el maiz y las aspirinas. Incluso los pobres de solemnidad del tercer mundo. A todos se les (nos) apaga la luz llegado el momento, con las mismas enfermedades, que esas sí que no entienden de castas sociales, de obras benéficas, de familias necesitadas o de herencias envenenadas.

La muerte es la constatación de que estuvimos vivos, de que pasamos por aquí, de que pudimos ver y sentir. Mejor o peor, con más o menos sufrimiento, pero que dejamos una pequeña huella en este páramo. Y me parece un momento noble, evidentemente triste tanto para el que se va como para quienes son dejados.

Todo esto viene al caso por las tonterías infinitas que los políticos venezolanos andan agitando ante la inminente muerte de Hugo Chávez. Yo no le deseo un pronto final, señora, aleje de mí ese cáliz. Pero a veces uno se pregunta por qué hay gente que intenta adornar algo tan natural como el morirse. La última majadería de un vicepresidente del país es decir que Chávez se muere porque dio su vida por los que no tienen nada. Es una metáfora estúpida para esconder la situación terminal de un enfermo de cáncer. La gente no se muere de bondad, se muere de enfermedades. Y las luchas corajudas contra lo inevitable sólo tienen sentido en las películas de sobremesa de los sábados (líderes de audiencia, por cierto). Hay mucho de verborrea (o diarrea verbal, según guste) revolucionaria en esta historia. Casi parecieran un vendedor de telemarketing, tomando al ciudadano de a pie por un incauto cliente al que colocarle un producto para la sordera, un reloj de superlujo low cost o un sofá masajeador de la nuca y los glúteos.

Yo no tengo pensado morirme por el momento. Llámeme testarudo.

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