Virus

A veces, el neolenguaje de estos tiempos modernos es más acertado de lo que nosotros mismos creemos. Los eruditos de la cosa esta internáutica han bautizado a los videos del youtube que recorren el mundo como “fenómenos virales”, apreciando las similitudes que tienen con los virus a la hora de propagarse. Es una capacidad ciertamente prodigiosa. Un fulano graba un vídeo haciendo el mono, o el caballo, o la grulla, y por alguna razón inexplicable, se convierte en objeto de culto para la masa, que ahora sólo necesita de un teléfono para reproducir la hazaña. Tragicómico. Y como los brotes víricos más comunes, el video llega, se reproduce varias millones de veces, y pasa a ese archivador de éxitos fugaces que es el olvido.

Sin embargo, el responsable de adoptar el término “viral” obvió la condición infecciosa del virus, su declarada toxicidad. No se me ocurre otra palabra para referirme a los efectos perniciosos de los videos de gatitos diciendo frases, de niños cayéndose desde alturas domésticas mientras intentaban saludar a cámara, de tipejos “gagnam” o derivados… Tóxico, muy tóxico.

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