Piando…

…que es gerundio.

Hace algún tiempo que vengo rumiando algunas reflexiones sobre esta cosa del Twitter, en qué se ha convertido no sólo socialmente, sino también profesionalmente para la secta periodística. A nivel ciudadano, nos han hecho creer que podemos participar más activamente ¿en programas de televisión? ¿en la radio? ¿en foros de debate? Un sumatorio de mentiras que sólo revela una realidad: es un mecanismo para ajustes de cuentas entre las dos Españas. En 140 caracteres, eso sí. Al menos que el insulto sea breve, que dé tiempo a olvidarlo pronto para pasar al siguiente, aunque ninguno de ellos sea original. Todo acaba reducido a un duelo al sol entre los que arrojan el “facha” a la cabeza y los que te replican con un “socialista ladrón” a las costillas. Este es el nivel de debate del común de nuestra sociedad tuitera, más o menos el mismo que se deja su tiempo en comentar las noticias de los periódicos. Sobre ese feo hábito hace algunos meses que ya hablé, señora.

Peor todavía es convertir el Twitter en una herramienta para hacer periodismo de salón, para el comentario agudo de quienes quieren ser más importantes que sus propias noticias. Enseñaban en la universidad (al menos cuando yo salí de allí) que el periodista debe huir de todo protagonismo, permanecer en un discreto segundo plano, porque ese papel relevante le corresponde a su trabajo. Nosotros (y aquí me incluyo) no nos dedicamos al vedettismo, sino a la información, a trasladarla de una manera más o menos directa al ciudadano, bien a través de la inmediatez de un teletipo, bien mediante un artículo de fondo más sosegado donde se expliquen las claves de un acontecimiento. Ese debe ser nuestro papel.

En esto llegó el canarito azul. Y algunos han descubierto que son personalidades tan importantes, tan sumamente doctas, poseedores de tamaña auctoritas, que su afilada y certera opinión debe ser conocida por el común de los mortales cual maná caído del cielo. Es el periodista que con la mano derecha toma notas y con la izquierda crea opinión. Porque su opinión es importantísima para el desarrollo de la sociedad. Así al menos lo manda su ego, al que se le quedan cortas las restricciones de caracteres. Ahora no eres nadie si no eres un plumilla tuitero, que no se limita a redirigir informaciones, sino que demuestras tu talento sin igual impartiendo lecciones morales, éticas y profesionales urbi et orbe, como el Papa asomado a su balcón del Vaticano pero en un único idioma y en lo que dura el coito de un conejo. Es una competición entre estupendos, a ver quién es más ingenioso, menos previsible, más guay. Una cuchipanda felatoria donde todos no son buenos, sino mejores. LOS mejores, claro está.

Es la deturpación final de la profesión, la puntilla definitiva, el entierro del periodismo como el arte de contar las cosas que pasan en tiempo semi-real (porque hacerlo a toro pasado tiene otro nombre: historia) para dar paso a la era del chascarrillo, donde los medios no son sino una excusa para que los individualismos y los personalismos despachen con indulgencia y a golpe de ocurrencia a esos pobrecitos lectores que necesitan ser guiados hacia la verdad absoluta, de la que ellos son sagrados custodios.

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