Paciencia

Nuestros abuelos asumían que para ir desde su casa a la de sus hijos para ver a los nietos, que podía ser en la provincia de al lado, se echaba el día en la carretera. Era así. No existían esas fastuosas (y caras) autovías por las que ir a 120. Por no existir, ni siquiera coches capaces de ir a esa velocidad. O al menos, coches con los que nuestros abuelos fueran capaces de ir a esa velocidad. Los mayores son gente sin prisa. Han llegado un punto en su vida en que nada es urgente. Es una forma de pensar que parece decirle a la Parca que tampoco se apure, que quedan muchas cosas de las que disfrutar. La crueldad sobreviene cuando no eres capaz de acordarte de disfrutar. ¿Quién dijo que “The Walinkg Dead” no era una serie real?

Las cosas de la civilización. Cuando mi padre le comunicó a mis abuelos que yo estaba en camino, lo hizo por carta. Hablamos de hace más de treinta años, aclaro. Una semana (si no más) entre que el sobre cayó por el buzón de la estafeta de correos, se mataselló, se envió a la central, se procedió a la distribución por códigos postales y posteriormente se repartió al domicilio de destino. Cuando uno tuvo uso de la razón (escasa, pero razón a fin de cuentas), el teléfono fijo había convertido la correspondencia en un objeto de museo. Y mi padre hablaba con mi abuela regularmente los sábados por la tarde, antes de misa. La condición piadosa de nuestros mayores es innegable. Y probablemente la causa de que yo respete creencias y confesiones con las que no milito.

Hoy, ya nadie escribe cartas. Apenas emails. ¿Para qué, si puedo enviarte un mensaje o un whatsapp de esos? Todo es inmediato, urgente, efervescente. Nada puede esperar porque en ese impás en que está parado, puede caducar y quedarse obsoleto. La información, en sus más varidadas vertientes, se ha convertido en un elemento fugaz, casi como la luz, siguiendo el planteamiento físico de que la que vemos en un instante no es la misma que la del instante siguiente.

Pero yo creo que no todo vive instalado en el exceso de la prisa. Las relaciones humanas no han entendido de esta urgencia. No me refiero ni a las laborales ni a las sociales, sino a las humanas, en general. Las personas nos seguimos tomando nuestro tiempo para considerar a alguien amigo, para pensar que puede ser algo más, para esperar una respuesta ante un comentario o sugerencia, para conocernos y amarnos u odiarnos. Sólo es inmediato el cabreo, que necesitamos expulsarlo como si de una infección gástrica se tratara. Por eso el mundo gira a una velocidad, y en nuestro fuero más interno, nosotros giramos a otra. Y no es un error, porque de la paciencia salen las grandes decisiones. Las buenas, y las malas.

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