Minutos

Últimamente, vivo en una conspiración cruzada por diversos elementos ajenos a mi voluntad con el único objetivo de que llegue tarde a mis citas. He llegado a tal conclusión mediante la observación de los elementos que me rodean y que afectan a la toma de decisiones sobre cuándo salir de un sitio para llegar a otro en tiempo y forma. Se lo confieso, señora, los relojes maquinan contra mí. Antes, los relojes eran instrumentos precisos (incluso preciosos) que marcaban puntualmente sus horas, y cuyo retraso sólo podía achacarse al desgaste en la pila o a una intención clara del usuario del mismo para justificar el retraso crónico. Un reloj convenientemente atrasado siempre es una excusa inapelable. Aunque este razonamiento llevado al absurdo, podría hacer que dos tramposos de esta índole se engañaran mutuamente de forma constante hasta quedar al día siguiente del inicialmente previsto. No tiene ni pies ni cabeza. Es absurdo, lo reconozco.

La culpa es de los chinos. O de los japoneses. O de los taiwaneses. Me dan igual. La culpa es de quien inventó el reloj electrónico de cristal líquido, y el descubrimiento se exportó a casi cualquier utensilio, desde el coche hasta el microondas, pasando por el ordenador, la televisión, el fregaplatos o el buzón de correos. Una conciencia colectiva de utensilios domésticos ha emprendido una cruzada contra mí, como le decía. Sabe cómo me molesta que la gente llegue sistemáticamente tarde, así como llegar tarde yo por causas injustificadas y no preavisadas. Pues bien. Ha conseguido que todos los relojes electrónicos de mi día a día difundan información confusa. El de la pantalla de mi ordenador adelanta tres minutos sobre el horario que podríamos llamar oficial y que añade una hora al huso de Greenwich, también llamado “europeo central”; el móvil va retrasado dos minutos sobre la referencia; en mi coche, el indicador de la consola de mandos atrasa más de media hora, pero hace dos meses cuándo me lo entregaron sí iba en hora, más o menos como el de la radio, que ajusté correctamente hace dos semanas pero ahora adelanta unos dos minutos; tampoco se apiada el microondas, que creo que sigue el horario moscovita; y la crueldad es extensible al reloj de pulsera, el televisor y la PS3, otro cacharro que ha jugado con los minutos hasta hacerme creer que la Nochevieja tuvo lugar con luz solar. Y todo, para que me sume a la masa y también llegue tarde a mis citas.

Los elementos me quieren condicionar, como le ocurrió a la Armada en el Canal, para que me rinda y me hunda en la sima de la impuntualidad. No lo van a conseguir. Aun a riesgo de que ser puntual esquivando estas trabas de los relojes me suponga una irrecuperable pérdida de minutos útiles en mi vida. Iba a poner al Papa por testigo, pero acaba de renunciar al cargo. Si él está cansado de leer encíclicas y rezar por el bien del mundo, imagínese cómo puedo estarlo yo de aguantar a periodistas.

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