Ideas

Me pregunto si los escritores, esa raza superior a la que aspiro a llegar en algún momento de mi existencia, reciben la visita de la inspiración en momentos de felicidad. Bueno, excluyendo a Paulo Coelho, se sobreentiende. Por alguna razón misteriosa, sólo asocio la creatividad a momentos de desgracia, de pesadumbre, de tristeza. La derrota es fecunda en creatividad, quizás porque sólo se preocupa por salir del pozo de las más diversas maneras posibles. La miseria como musa, ya ve señora. Esto creo que no es nuevo.

Siento la necesidad de componer una sonata gris en mi teclado. Debe ser culpa de Debussy. Y me zarandean diversas ideas en mi cabeza. Tengo que alcanzar un punto de disciplina para sentarme y darle forma, antes de que las manosee tanto mentalmente que alcance el punto de poder denunciarme por acoso. No es la primera vez que cultivo ingredientes para una receta. Pero siempre veo que en la cazuela falta algo, un elemento que se me escapa para que el caldo sea sabroso. O al menos, de mi gusto. Y tanto espero a encontrar una solución, que el resto de ingredientes caducan, y el plato se echa a perder sin remisión.

Casi siempre me falla lo mismo: el desenlace. Me estoy convenciendo de que es una tara periodística. Las noticias tienen un origen y un desarrollo, pero el final siempre está por venir. Así me ocurre con las ideas que flotan entre neuronas. Sé a qué quiero que se parezcan, cómo quiero que nazcan y crezcan. Pero no les sé buscar una conclusión que dé valor al resto de la obra. No nos engañemos. Si un libro tiene un final de mierda, que suele pasar demasiadas veces, cae en el olvido exprés. Otras novelas reguleras se salvan por pequeños detalles en su desarrollo y un final de esos sobrecogedores y geniales. Yo no aspiro a resoluciones antológicas. Me vale una sencillita, digna, de aprobado raspado. Pero una. La que sea.

Alguien debería escribir un “Manual para finales de libros”, en el que elegir uno como quien busca tapizado para las cortinas.

Quizás por eso otros son capaces de escribir ficción y yo no salí nunca del periodismo.

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