Festejos (II)

Mi primer escarceo amoroso con Wagner fue a través de “Tannhäuser”, la historia del trovador que escapa de las garras de la blasfema Venus para competir por el amor de Elisabeth, que gana para perderlo acto seguido al admitir su pasado pecador. Negado el perdón papal, Tannhauser sólo alcanza la redención tras entregar su vida a su amada fallecida. Es un resumen muy somero y bastante libre, lo admito. Pero podrían escribirse volúmenes acerca de todas las connotaciones históricas y filosóficas de los argumentos wagnerianos. Y no creo que le interese, señora, porque para pajas mentales ya tiene otros espacios en Internet.

“Tannhauser” fue mi primer Wagner, el único durante mucho tiempo, y sin embargo no es el que más frecuento en estos tiempos. He encontrado mayor conforto en “La Valquiria” o “Sigfrido”, a pesar de los prejuicios que pueda haber acerca de la duración de algunos pasajes. Y ya no le hablo de “Tristán e Isolda”, de la que estoy profundamente enamorado. Es una relación pasional correspondida.

Quédese con la poética pero intensísima obertura de “Tannhauser”, que mezcla alguna de las melodías de la ópera, como el cántico de los peregrinos del último acto, o la tonada del trovador a Venus del prólogo. Aquí escucha una reciente versión de la orquesta del Festival de Bayreuth, creado por el propio Wagner para representar SUS obras en SU teatro, y gestionado por su familia desde su fallecimiento. A la batuta, Christian Thielemann, uno de los directores que están llamados a dejar su nombre escrito en la historia de la ópera alemana.

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