Diques

Los individuos somos un poco como un embalse a la hora de contener nuestros problemas. En función de nuestro propio aguante, podemos acumular una mayor o menor cantidad de fatigas, desgracias, miserias, desencantos, penas. Nunca hay suficientes malas noticias en una vida, así que los limites de nuestra presa pueden verse a punto de rebosar si nos descuidamos. Llega ese momento en que un temporal te coge con la guardia baja y las puertas del dique revientan, llevándose todo lo que pillan por delante. La consecuencia se llama depresión, y en casos de catástrofe natural, implican algo más que el diván del psicoanalista. Como si nuestra conducta fuese comparable a la oficina de planificación de una cuenca hidrográfica, es recomendable abrir paulatinamente las compuertas e ir descargando poco a poco agua ante la previsión de borrasca. Alivia la presión y despeja el terreno para futuras lluvias. Los encargados de esta tarea de desagüe son los ingenieros emocionales, también conocidos como amigos, que se prestan en sus ratos libres a esta tarea de ONG de prevención, siempre menos sacrificada que la de atención al fracasado emocional.

Llevamos tres borrascas seguidas en la ciudad, por cierto.

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