Cielo, pietoso rendila

Hay una creencia generalizada entre el común de los aficionados según la cual ya no se canta como antes. No está exenta de razón, a la vista (y al oído!) de mucho cantante que anda suelto hoy en día por los teatros. Es una reflexión también envenenada, porque de aquel pasado glorioso apenas nos han quedado grabaciones de los más grandes, los que sobrevivieron a la criba del tiempo casi siempre por motivos artísticos. El tamiz no es exacto, señora, también se colaron Tito Gobbi o Fernando Corena, o Mara Zampieri y Floriana Cavalli. Son cosas que ocurren. La flagelación ante el desastroso presente no conduce sino a la frustración y el mesacamillismo de salón, dos sensaciones que impiden gozar en toda su extensión el bello arte de la ópera. Ha de haber algo más, se preguntará usté, señora. Y lo hay. En el erial todavía hay pequeños oasis en los que refrescarse con partituras de Verdi, el autor al que siempre se señala como referencia de canto exigente.

Mi experiencia con Fabio Sartori se limita a un Foresto en un “Attila” milanés de 2011, una función de esas notables, donde las piezas se funden a la perfección encajando en un todo majestuoso, vibrante. Una estupenda suma que resiste cualquier resta que se pueda plantear desde ópticas individuales. El tenor italiano es, quizás junto a Francesco Meli y Piero Pretti, el mejor representante de la cuerda de los líricos puros, con un timbre bello, un agudo refulgente (aunque a veces no todo lo apoyado que pudiera exigirse) y un dominio de las exigencias del estilo como mandan los cánones. Verdi, ya se lo he contado varias veces señora, no pide cantar y punto. no, no. La esencia del canto italiano pide que haya intención en lo que se dice, pero sin descuidar nunca el legato, la unión que se le da a las palabras que componen el recitativo canoro, y sobre todo, manejar las dinámicas, las intensidades, los colores que en cada momento puede exigir la partitura. No es lo mismo cantar una alegre cabaletta que un intenso cantabile o un ardoroso dúo con la soprano, o incluso un trío una vez que aparece ese villano con voz baritonal.

En este pequeño homenaje que quiero rendir a Verdi en el 200 aniversario de su nacimiento, traigo aquí a Fabio Sartori encarnando el rol de Gabriele Adorno, el tenor de la colosal “Simon Boccanegra”, una de las óperas tardías del maestro de Busetto. Bueno, tardío fue su éxito después de que se revisara en 1882 tras el fracaso en su estreno, dos décadas antes. El título tiene dos protagonistas esenciales, el barítono que asume el rol titular y la soprano que encarna a Amelia. Ellos dos componen la magia de esta ópera, ella con su escena inicial y sus dos dúos, él con su grandiosa proclama “Plebe, patrizi, popolo” y las escenas con Amelia y Fiesco. Correcto, el tenor da tabaco. Aun así, Verdi le escribió una pequeña escena en el segundo acto, con una doble aria de enorme belleza, en el que por un lado tiene un arranque pasional, vibrante, intenso, y por otro le permite desplegar un canto más dulce y melódico, en ese “Cielo, pietoso rendila”. Disfrute, señora.

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