Dependientes

En mis más dulces sueños, la encargada de la sección de música clásica y ópera de unos grandes almacenes es una mujer joven, guapa, de ojos azules, color de pelo variable (me vale casi cualquiera), moderna y, sobre todo, entendida. Es decir, nada de floreros. Esto descarta a un porcentaje altísimo de dependientas de las grandes superficies al uso, no por los requisitos estéticos, sino por los condicionantes formativos. A (casi) todas las guapas les importa un pimiento la cosa esta de las orquestas y los cantantes. No seré yo quien las corrija, a la vista de que a casi todos los tíos (guapos o no) les importa otro pimiento la cuestión musical de violines, flautas y contrabajos. Esto es así y no tiene arreglo. Bueno, sí, pero los mayas se equivocaron y ahora todo es más engorroso de solucionar.

A lo que iba, que me disperso. Dado que el ideal de dependienta es una maravillosa utopía, mis exigencias a la persona que me tiene que atender cuando voy con ansias consumistas a comprar discos se rebajan ostensiblemente. Es más, apenas se limitan a pedir que sea agradable. Así de sencillo. Un tipo majo, un vendedor de los de toda la vida, que te sonríe para que le compres cuarto y mitad de jamón y luego puede llamarte rácano a tus espaldas por haber criticado sus precios. Me da igual. De cara al público quiero que me den la razón. Soy un consumidor tiránico. Yo pago, yo mando. Y quiero a alguien simplemente agradable, que no me haga sentir que le estoy molestando cuando le pido que consulte en el ordenador si tienen en stock una grabación del Festival de Bayreuth del 52.

La vida es caprichosa, y estas cosas te caen en la frente. Ni chica maja, ni chica a secas, ni tipo entendido, ni tipo agradable. Nada. La fortuna me ha regalado un dependiente arisco, generalmente desabrido, que utiliza la cara de asco como armadura para que los clientes huyamos de él y le demos la lata a alguna de sus compañeras. Sólo transijo con la gente así si a cambio tiene algún talento especial, como por ejemplo el conocimiento. Por muy desagradable que sea un vendedor, soy capaz de empequeñecerme gustosamente si me descubre un disco que yo ignoraba y que me eleva a las alturas celestiales. Tampoco. Hoy, los dependientes son bases de datos andantes, que sólo saben si tal o cual libro o disco está en aquel estante, pero que, por supuesto, ni han leído o escuchado. Ni ganas. Y si cometes el error de recomendarle que lo hagan, a modo gentil de mejorar su formación, la respuesta es un “sí, claro, claro”. Tontos y encima orgullosos.

Así pues, mi vendedor de cabecera no me sonríe, me crea un complejo de estorbo cada vez que intento preguntarle algo y encima se queda con la comisión por cada venta que hace conmigo. Si al menos tuviera los ojos azules…

2 comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s