Caramelos

Viendo el pasado día 1 el concierto de Año Nuevo, con el soseras de Franz Welser Möst a la batuta, me vino a la cabeza una costumbre que hay en algunos teatros centroeuropeos. En ellos, en los pasillos laterales de las salas de conciertos, hay unos pequeños dispensadores de caramelos (sin papel de envoltorio) para que el espectador aquejado por la tos eche mano de ellos y alivie el ataque, de modo que no se moleste al resto de personas y se eviten molestos ruidos durante la representación. Es un ejemplo de esta urbanidad tan austrohúngara que gastan los alemanes y sucedáneos, y que tiene la otra cara de la moneda en las hordas de borrachos que exportan a Mallorca entre abril y octubre. Háblale de caramelitos a un jíbaro de la Baja Sajonia que empieza a beber cerveza a las once de la mañana y no tiene pensado terminar hasta que el hígado le explote.

Esto venía al caso porque hace unos días, mientras pajareaba por un centro comercial, eché de menos caramelitos de este tipo cuando me vi rodeado de seis carritos de bebés, berreando como posesos, haciendo constar su completa desgana por estar allí acompañando a sus madres en la compra de regalos para la puñetera Navidad. Entiendo que las progenitoras desarrollen una insensibilidad auditiva ante los molestos gritos de sus dulces querubines, sospecho que en consonancia con el aumento de las mamas y la producción láctea. Va todo en el pack. Pero el resto de los mortales, que ni tenemos niños ni ganas de tenerlos, nos sigue jodiendo una barbaridad que se nos ponga un carrito por el medio, que su inquilino esté intentando dar las escalas musicales en fortissimo y que encima no afine una nota. Y si a la coral serafínica le añade en perfecta conjunción el seriel de villancicos que trompetean por el hilo musical del centro comercial, lo más aconsejable es el suicidio. O en su defecto, la huída irremisible hasta después de las dos primeras semanas de rebajas. Todo plazo preventivo es poco.

Claro está que a niños de tan corta edad, un caramelo puede afectarles a sus niveles de azúcar y generar un problema mayor que la contaminación acústica. Yo por eso soy más partidario de los somníferos. En dosis cortitas, se entiende. Pastillita minúscula para el churumbel y siestecita que se pega para satisfacción no sólo de la madre que lo parió, sino del colectivo de seres humanos que comparten el mismo espacio cerrado. Ya despertará, no se preocupe, señora. Siempre lo hacen. He visto cosas similares en la Noche.

5 comments

  1. Esos bebés que le gustaría perder de vista son los que, a la vuelta de unos años, cuando usted y yo nos gritemos porque somos sordos y ancianos, y nos hagamos pis en el pañal porque no controlamos los esfínteres, nos escupirán y nos humillarán. Cabrones.

  2. Yo antes me he tirado de lo alto de un puente. Aunque bien pensado, con un pañal ya no necesitaré ir al baño en los entreactos de las óperas… Tengo que calibrar pros y contras, señor mío.
    Pero sí, son y serán unos cabrones. ¿Para cuando el carrito insonorizado? ¿A quién le importa una capota para que el niño no se moje cuando si grita fastidia a medio centenar de personas? ¿La mayoría no tiene un peso específico frente a la minoría?

  3. Eso te pasa por ir a un centro comercial y a las seis o las siete de la tarde.
    Mis hijas ya no lloran, bueno, no de esa manera, afortunadamente; sin embargo, recuerdo que cuando eran bebés y lloraban desconsoladamente, ocurría muy pocas veces, me subía por las paredes, claro que yo de aumento de mamas y cambios hormonales nada de nada.
    Debo decir también que si me jodía cuando las mías lloraban, más que nada por no poderles darles la satisfacción que necesitaban, las de los demás lo hacían también pero de otra forma, era como que no iba conmigo, y es que no iba conmigo, me inundaba la solidaridad y compasión por esos pobres padres, claro que los hay muy pachorras, entonces sentía compasión por los niños.

  4. El padre, el sufriente cómplice en la génesis de la prole. Tienen el cielo ganado. Todos. Muchos jamás creían que eso de la paternidad era tan exigido, y fueron a ella engañados.
    En esto de la compasión entronca esto de la ilusión de la Noche de Reyes y demás tonterías, como esa de que la sonrisa de un niño no tiene precio. Tiene más mérito hacer sonreír a un adulto en paro, con hipoteca, casado y con dos niños, que no puede pagar la luz y el agua y lo van a desahuciar. En fin, que mi proceso de deshumanización ya ve que es casi completo.

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