Resumiendo

Todo es resumible. Nada se salva de este vicio tan humano como es decir en dos frases lo que antes se había expresado en varias horas de charla. Somos así. Lo preocupante es que, cuando uno resume, parece que aquello que queda fuera carece de importancia. Y habitualmente aparcamos los detalles para transmitir mensajes simples, la mayoría de las veces vacíos de verdadero contenido. Por resumir, incluso es resumible la lista de libros que han pasado por mi mesilla este año que ya termina. Pero aquí sí soy muy consciente de que todo lo que quede fuera lo es por deméritos propios.

Creo que lo más importante que me ha pasado este año es haber descubierto a Dickens. Es como que te toque la lotería de Navidad. Un inmenso chute de energía, de realismo bondadoso pero descarnado, de fiesta de detalles para que la narración nunca quede incompleta. Todos somos un poco David Copperfield, y sentimos sus penurias como propias. Más allá de la historia, Dickens te seduce por cómo te la cuenta, por la aparente facilidad con la que enlaza los acontecimientos, como el joyero que engarza diamantes como si fueran longanizas. Ahí está el talento del escritor, en hacer que parezca sencillo, en conseguir que la narración fluya con aparente simpleza. Nunca es así. Tan necesitado de sus certeras radiografías sociales, he vuelto a su prosa con su último libro, “Nuestro común amigo”, las desventuras que en la sociedad londinense tiene la aparición del cadáver de un rico heredero en el Támesis.

No ha sido menos trascendente hacerme eco de las pobres existencias de “Los Miserables” de Víctor Hugo. Si Dickens deja espacio para el final feliz, para la sonrisa complaciente, Hugo no conoce la clemencia para sus personajes. Su atroz naturalismo arroja cieno y miseria a quienes componen sus cuadros, desde el atormentado Javert al héroe imperfecto que es Jean Valjean. La épica literaria no se entendería sin este magno ejercicio de ficción. Un placer como he tenido pocos como lector.

Y en un terreno radicalmente distinto, la sorpresa del año ha sido la ficción fantástica de Joe Abercrombie, muy superior a la culebronesca saga de George R. R. Martin, cuya quinta entrega me ha fatigado en exceso. Demasiado para mí. Por el contrario, Abercrombie es aire fresco, es una ráfaga de renovación en el género, más directo, más violento, más ágil. A golpe de personajes carismáticos y tramas no excesivamente enrevesadas, te lleva por mundos desconocidos sin necesidad de mapa ni brújula. Una delicia.

Sí, he tenido mis citas habituales con Stephen King, con el detective Pendergast, con la bazofia de Peinkofer, con novela más o menos negra de Connolly y Connelly, con Agatha Christie y el detective Adamsberg, con Hannibal Lecter y el embajador americano en el Berlín de Entreguerras, con Belén Gopegui. Pero no hubo poso, no dejaron huella. Y hoy son historias semiolvidadas, que ignoro si recordaré algún día. Al menos cumplieron su labor, la de entretener y evitar que la estupidez se siga apoderando de mí. No es tarea fácil esa.

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