Macneil

Uno de los barítonos más desconocidos por el gran público, por el aficionado de base, es el americano Cornell Macneil. Se debe en parte a que no fue el cantante de referencia de ninguna casa discográfica, y que tampoco se prodigó en exceso en Europa. Sin embargo, su canto es más italiano y más puro que el de muchos intérpretes transalpinos de su época, como pueden ser Tito Gobbi, Ettore Bastianini, Mario Sereni, Aldo Protti… ¿Qué es la italianidad? Curioso concepto. La italianidad es lo que caracteriza al estilo romántico de todo el siglo XIX: emisión desahogada, canto legato siempre sul fiato (sobre la respiración), fraseo a fior di labbra, sonido apoyado sobre la máscara en la ascensión al agudo, juego de intensidades, dominio de la mezzavoce, supresión de trucos como los golpes de glotis o los portamentos… Pocos, muy pocos han conseguido reunir en su canto todas estas características, porque exige dos cosas: una muy depurada técnica fruto de muchos años de estudio, y la inteligencia para ponerla en práctica y lograr a través de ella efectos dramáticos.

El paradigma del barítono de mediados de siglo era Gobbi, un cantante de medios muy limitados y al que se le disculpan sus atrocidades canoras por el realismo y la teatralidad que imprimía a sus creaciones. Su Rigoletto es un compendio de gruñidos, susurros, gritos, sonidos huecos, mugidos, declamaciones grotescas… Todo lo que nunca debió haber subido a un escenario. En sus antípodas, Cornell Macneil, que encarnó al jorobado en las tablas de la Metropolitan Opera de NY en la década de los sesenta, y devuelve al bufón su humanidad, su honda tristeza. Circula una retransmisión en vivo de un Rigoletto de principios de los 60, con Bergonzi de Duca (la memoria me flaquea para identificar a la soprano, pero quiero recordar que era un jilguerín de la época) que lleva al reclinatorio al aficionado más avezado.

Siendo quizás Rigoletto su mejor papel, Cornell Macneil abordó con amplitud el repertorio verdiano. Hoy me quiero fijar en Macbeth, una ópera con la que no acabo de conectar por momentos, pero que si consigue alinear a una soprano con medios suficientes y un barítono elegante, sabe conquistarme. La escena final es de un patetismo hiriente. La corte ha descubierto las fechorías del regicida Macbeth y su loca esposa, y se proponen ajusticiarlo. Él, derrotado y acorralado, tan sólo puede pedir clemencia. O como dice el aria, “Pietà, rispetto, amore”. Quédese con ese término tan manido como es la nobleza, la elegancia en la interpretación. No hay sollozos, no hay sonidos espúreos, tan solo canto, matices y más matices. La grabación es una función del Met de 1964, con la Rysanek de Lady y Bergonzi de Macduff (si de nuevo no me falla la memoria).

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