Volver

Qué lejos queda ya el rumor de los vaporetos venecianos, el aroma no siempre agradable de los canales, el bullicio de los turistas que corretean hacia San Marcos o Rialto. Apenas diez días fuera de la ciudad, y ya la echo de menos. Fíjese, señora, que no pensé que pudiera llegar a ese punto cuando la visité por segunda vez, hará cosa de un par de años. Consideraba la ciudad amortizada, suficientemente vista, pasto de postales y poco más. Sin saberlo, me había convertido en uno más, en un viajero conformado con la superficialidad incapaz de trascender las apariencias. Me había quedado con las máscaras del Carnaval sin llegar a entender la fiesta. Y aunque los clichés han construido Venecia como un destino en pareja, con sus góndolas como cunas flotantes de enamorados, a mí me ha parecido una ciudad apta para viajar solo. Fuera de temporada, respeta la soledad como pocas. Me quedan asuntos pendientes en Venecia, a pesar de que casi sumo una semana de días de visita, tantos como pizzas por probar en Antico Forno. La ruina económica del regreso no me impide mirar de reojo al próximo año, a la siguiente escapada, al futuro otoño que me habrá de devolver a la ciudad una vez más, para seguir cayendo en los brazos de Stendahl.

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