Trenes

De pequeño, nunca fui en tren. Apenas tuve edad para empezar a darme cuenta de las cosas que pasaban a mi alrededor, alguien decidió que la línea que unía mi pueblo con la capital y vertebraba al litoral occidental onubense no era rentable. Que era mucho mejor echar albero a las vías y que por allí fuesen bicicletas. No se crea, la autovía aún tardó una década en llegar. Así qué el tren era eso que veía en la sevillana Estación de Córdoba antes de que la Expo trasladara a locomotoras y catenarias a Santa Justa. Y también por la tele, claro.
Quizás por aquella ausencia en mi infancia, siempre le he encontrado un encanto especial a los trenes. Acháquele también cierta culpa a la literatura y el cine, señora. Pero por alguna razón, las distintas mentes preclaras de los sucesivos gobiernos han intentado convertir el tren en objeto de lujo. Sólo así se entienden los precios del AVE, que palidecen ante las líneas low cost, obviamente. Llegué a pensar que esa política tarifaria debía ser así, que respondía a alguna lógica financiera. Luego llegué a Italia, y descubrí que estaba equivocado. O eso, o los italianos son idiotas y venden billetes muy por debajo del precio de servicio. Eso sí, sus trenes van llenos.
Por lo que cuesta un billete entre Sevilla y Barcelona, en Italia vas de Nápoles a Venecia pasando por Roma, Florencia y Bolonia, y te queda presupuesto para dejar los canales y las góndolas y llegar a Milán. Por tanto, algo falla. No deben ser los italianos mucho más listos o tontos que nosotros. Lo que seguro sí son es prácticos. No les preocupa la apariencia, sino la eficiencia. Su AVE igual no galopa y corta el viento como el español, pero es funcional y vértebra realmente el país. Aquí somos más de presumir, de sacar pecho del pedazo de tren rápido que gastamos, aunque lo tengamos que pagar a plazos hasta el día del juicio.
En mi pueblo perdimos el tren (o nos lo quitaron, mejor dicho), y con ello quedamos un poco más aislados. Allá, al final de la carretera, donde ya no hay más hacia donde ir. Y lo justificamos. Era lógico, decíamos, porque nadie lo usa. Porque no es eficaz. Porque no es rentable. Pero el autobús, más pesado y cansino, sigue haciendo negocio. Lo que me lleva a pensar que somos capaces de justificar cualquier cosa, incluso si nos meten el dedo en un ojo. Qué más da, si nos queda otro…

2 comments

  1. Estoy de acuerdo, el ferrocarril italiano que cruza el país es el secreto mejor guardado para el viajero. Creo que se ha marcado usted un hermosísimo viaje. Deguste con fruición los días pasados, cuyo aroma todavía resultará muy reciente.

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