Regresos

Acabo siempre con sentimientos encontrados en los viajes de regreso a casa. Independientemente de cómo haya transcurrido la escapada, de su intensidad, de su duración o de su coste, al lógico pesar por abandonar el ocio y volver al negocio se suma un pequeño alivio, unas gotitas de satisfacción por la vuelta a lo cotidiano, a los espacios propios, a lo malo conocido. En nuestro sofá, en nuestra cama, en las vistas de nuestra ventana a la peluquería de enfrente, en nuestra calefacción que renquea cuando no debe, está nuestro pequeño mundo. A él nos debemos más de lo que creemos.

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Creo que, en realidad, no nos acomodamos a una ciudad o a un pueblo concreto, sino a nuestras casas, a las cuatro paredes que nos cobijan y a lo que dentro de ellas seamos capaces de crear en forma de hogar. Porque Venecia es ciertamente un lugar de ensueño, pero no me iría allí a lo loco para hacinarme en una buhardilla de 45 metros por el mero prurito de sentirme veneciano al poner un pie en la calle. Al final, no somos ni de aquí ni de allí, sino de la república independiente de nuestra casa, como sabiamente decían los suecos esos de los muebles desmontables.
Hemos caminado mucho, señora, por esas ciudades italianas. Ha sido una escapada distinta. Con menos nostalgia de la que imaginaba en un principio, pero mucha soledad. No es un lamento. Ya sabe que a solas se piensa mejor. Y se vacía la cabeza mejor. Ahora estamos preparados de nuevo para llenarla.

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