Aclaraciones

Todo lo que nos rodea, incluso lo que creemos convincentemente que está más que trillado, se presta a la confusión. Esa señal de STOP que parecía un Ceda el Paso, ese JB con cola que por obra y gracia de la camarera acabó siendo un ron con naranja, el “quedamos a las diez” que en realidad quería decir “llegaré a las once”, esa felicitación sobre “lo maja que es tu hermana” que acaba en un “me estoy tirando a tu hermana”. Todo, ya le digo. Padecemos tendencia a la confusión, a la interpretación inexacta, a la percepción errónea. No descarte que se trate de un abuso en los bastoncillos para el oído y algún tipo de radiación que desprenda. Eso de la higiene debe tener alguna contraindicación que desconocemos. Hágame caso, señora, que sé lo que me digo.

Por tanto, en este marasmo de equívocos, se agradecen las almas voluntariosas que de forma desinteresada nos aclaran las cosas. Y deben ser individuos de carne y hueso, porque si acaso alguien osara a explicarlas en un libro, tenga por seguro que el común de los mortales esperaría a que hicieran una película al respecto. O directamente huirían despavoridos. Los libros, esos caníbales del analfabetismo. Son como piojos para la estupidez. Yo quiero hoy mostrar mi más sincero agradecimiento al Papa. Sí, al del Vaticano. Porque en una intervención clarividente, ha detallado que, contra la creencia popular, en el Portal de Belén podría haber estrellas, sol y luna, pero no había ni mula ni buey. Lo ha afirmado en su nuevo libro, en el que relata la infancia de Jesús. No desde una perspectiva del estudio histórico, porque no recoge testimonios de la época. Sino a través del contacto directo, ya que le supongo interlocutor habitual de las deidades divinas. No se puede dudar cuando el Espíritu Santo te susurra confidencias sobre sus capacidades inseminadoras en vírgenes.

Pero lo que me preocupa son las consecuencias directas de esta austeridad de figuritas en los populares y tradicionales belenes. Calcule el impacto en el sector, en esas tiendas que venden monigotes al peso, y que ya tendrán dos menos que comercializar por el afán perfeccionista del Papa Ratzinger. En estos tiempos de crisis, calculando que un belén de andar por casa lo componían como mínimo ocho figuras, ahora se caen dos. Dos además que eran las únicas en las que se podía ser fiel al 100%, porque en los últimos 2.012 años no se han producido evoluciones en el aspecto de las bestias de tiro y carga. La mula lleva siendo mula y el buey buey desde entonces. El resto, créame, se abre a la imaginación del artista, a su fértil creatividad.

Si ya no podemos confiar siquiera en la mula y el buey, apaga y vámonos. Nuestros valores, nuestros villancicos, nuestras imágenes mentales se ven ahora corregidas a la baja por el Papa. Claro que no cabe discusión, porque no hay otro tipo más autorizado al respecto. Y sólo me pregunto si dentro de otros 2.012 años, habrá otro pescador de almas que admita que, en realidad, allí no nació nadie, sino que había unos pastores jugando a las cartas.

4 comments

  1. Me pregunto si ese librito del Papa, que estoy deseando que sea traducido al español para no leerlo, dice algo sobre la figurita del cagallet. Porque se llama cagallet, o algo muy parecido, ¿no? Me refiero al tipo que caga de cuclillas, vamos.

  2. El caganet es una realidad nacional distinta. Nosotros no lo entendemos, claro, porque no sabemos respetar esas identidades diferenciadas. Pero esto es como todo. Si es plausible que hubiera un pastor en cuclillas dando de vientre, ¿quién dice que no había uno destilando licor café o cociendo pulpo?

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