Cantando

Soñar no siempre es un suplicio. En contadas ocasiones, el maldito subconsciente se apiada de nuestros fantasmas y se refugia en nuestros pequeños placeres cotidianos. Y hasta es condescendiente con uno. El recuerdo de mi sueño de esta noche es dulce, pero con truco. Por alguna razón, yo estaba en el escenario de un teatro, en mitad de una representación de “La Boheme”. Aunque es curioso, porque los decorados eran más propios de “La fanciulla del west”. Y de buenas a primeras, se me da la oportunidad de cantar el rol de Rodolfo, una de esas joyas puccinianas con las que alcanzar la gloria operística. Y mi problema no era la voz, ¡sino que no me sabía la letra! La complicidad de Mimí me permitía capear la situación unos segundos hasta que de debajo de un mostrador surgía el libreto, y pude entonar la “gelida manina”, con un timbre no realmente bello, pero cómodo en el agudo, sobre todo en las grandes frases expansivas como ese “Talor del mio forziere” con el que Pavarotti llenaba los teatros. Debe ser hermoso cantar páginas del repertorio como esas, notar que la voz fluye, que te mueves con comodidad por la partitura, arriba y abajo, que dominas el legato, y sentir que la emoción se va apoderando de ti conforme te declaras a la costurera de las manos frías.

Debe ser la leche cantar tal que así.

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