Optimismos

No atravesamos sólo una crisis económica y política. Estamos instalados en una profunda recesión social. La falta de valores propios del capitalismo más dorado y refulgente que aquí adoptaron las nuevas generaciones como santo y seña, tales como la innecesariedad del esfuerzo, la futilidad del trabajo, el éxito no como fin sino como medio, está pasando una cruel factura. Sencillamente, no estamos sabiendo cómo afrontar este pantanoso trance. Desempolvando la actitud del Siglo de Oro de revolvernos en nuestra propia desgracia, de pensar que no hay más mundo fuera de nuesta miseria, nos dejamos arrastrar por la ola de derrotismo sobre la que navega nuestra economía. Nos hemos acomodado. Y como nos han quitado nuestros lujosos divanes sobre los que contemplar la vida, lloramos con amargura preguntándonos cuál será el sufrimiento siguiente. No sé si los padres fundadores de los Estados Unidos tenían divanes o no. No lo he consultado en la Wikipedia. Lo que sí es cierto es que las adversidades no les apartaron de su lucha por un futuro mejor, que en su caso pasaba por romper lazos con la metrópoli británica. Algo así supongo que pensarían los revolucionarios franceses cuando asaltaron la Bastilla.

Pensará que estoy llamando a la revolución. No, señora, nada más lejos. No se pierda en las formas cuando de lo que hablo es de un fin. Es la voluntad para asumir sacrificios a cambio de un futuro mejor. Eso es lo que tienen en común todos los revolucionarios. Y un encendido optimismo de que cruzado el doloroso rubicón de la penalidad está la tierra prometida. Nosotros ni siquiera nos hemos puesto a andar. Hemos preferido protestar, quejarnos por lo que nos atormenta, que no es poco. Y hacer ruído. Eso nos encanta. Somos una sinfonía de quejas y lamentos, un coro de desarrapados que maldice su suerte y arremete contra el poder, ese que siempre tiene la culpa de todo, incluso cuando eres tú el que firma una hipoteca con un banco.

Es peligroso ejercer de optimista en estos tiempos. Pero caer en el pesimismo es todavía más nefasto y contraproducente. No es mal momento para volver a Steinbeck y sus “Uvas de la Ira”. O incluso a la adaptación que John Ford hizo de la novela. Últimamente se recuerda que no ha habido una crisis económica semejante a ésta desde el crack del 29. Y aquella se originó también debido al actual sistema de mercado, el mismo que se reconstruyó hasta traernos aquí, dos guerras mundiales mediante. En la mirada de Henry Fonda había un poso de optimismo, de entender que hay injusticias sobrevenidas, que por momentos no queda sino acogerse a una resignación razonable. Pero la certeza de que todo es reversible si hay voluntad. A nosotros, a ratos, nos falta.

A mí me gusta más una frase más coloquial. Nunca llueve que no escampe. Y desde que estoy en Galicia, he aprendido que pueden pasarse muchos días de borrasca. Pero acaba saliendo el sol. Siempre. Se lo prometo, señora.

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2 comments

  1. Esta vez estoy con usted, pero al mismo tiempo, lo confieso, contra usted profundamente. Me he acostumbrado a tener opiniones distintas en relación al mismo tema. Eso me garantiza ser optimista, y creer que saldremos de esta pocilga, sin dejar de ser profundamente optimista, y sospechar que en el camino nos han sustraído algo muy valioso.

  2. Muy cierto. Nos hemos dejado un puñado de plumas en el camino. Pero era perderlas o acabar en el perolo cocidos a fuego lento. Como todo, hay quien se ha dejado muchas plumas, casi todas, y hay quien luce plumaje más y más frondoso. Castas las hubo siempre.

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