Skyfall

No me resisto a colgar un par de reflexiones sobre la última del agente secreto más famoso y ficticio de todos los tiempos. Y lo hago desde la confesión de haber sido, ser y seguir siendo por muchos años un fan declarado de la saga de Bond. En muy pocas palabras, “Skyfall” era una película necesaria, una cinta pendiente en los cincuenta años de vida de 007. Llega en un momento muy oportuno, en el que los héroes no tienen la superficialidad de antes, sino que exigen de una hondura psicológica que los humanice y los haga terrenales. Esta es la película más íntima de James Bond, que sin renunciar a los rasgos que han hecho a esta franquicia la más rentable del celuloide del último siglo, da un giro a la vida, obra, ligues y asesinatos de Bond.

Porque sí, hay mujeres, hay cochazos, hay explosiones y persecuciones. Hay un fabuloso villano con un no tan fabuloso peinado, que en sí mismo encierra un guiño a otros malvados de la saga. Pero hay una introspección en qué y cómo nace James Bond, de dónde viene, cuáles son sus debilidades, sus miserias, sus miedos, sus demonios particulares. Hay un desfile de pequeños (y no tan pequeños) homenajes a los cincuenta años de películas, pero siempre desde una óptica elegante, sin chusquería, sin recurso a lo facilón. Y ayuda para todo ello Daniel Craig, un actor circunspecto, de rasgos duros y al que no le sienta bien la sonrisa de Roger Moore ni el romanticismo de Sean Connery. La suya es una interpretación pragmática, sólida, sin concesiones a la autocomplacencia. Es un Bond rotundo, marcial, de piedra por fuera pero lava por dentro.

La saga ha quedado en un punto, que no sabemos si es aparte, seguido o final. Está ahí, en ese instante en el que no sabes si volver a reinventar la historia o a seguir con el hilo que tú mismo has creado. Yo me decanto por seguir, por desarrollar las ideas que quedan intuidas en el final de “Skyfall”, a ver qué resulta de ahí. James Bond es un anacronismo en sí mismo, una reflexión que la propia película recuerda con cierta insistencia. Pero el cine vive de anacronismos, de resucitar tragedias de hace siglos y convertirlas en historias vibrantes, de trasladarnos a épocas pretéritas y actualizar dramas que creíamos olvidados. Es la grandeza del Séptimo Arte, que cada vez frecuento menos por falta de interés. Pero siempre tendré mi compromiso con 007. Porque seguimos necesitando, de vez en cuando, que alguien nos salve de una amenaza mundial.

2 comments

  1. ¿Usted se da cuenta? Hasta cuándo el cine va a seguir abusando de nuestra paciencia al condenar a los malos a un fracaso perpetuo. Algún día vendrá un villano y tumbará a Bond. O eso, o dejaré de creer en la derrota, que sólo será sostenible si de vez en cuando incurre en el error de apuntarse un pequeño y ridículo triunfo.

  2. Suficientes derrotas tenemos en nuestro día a día para que, encima, se extiendan a las historias de los héroes modernos. Las derrotas de este tipo de personajes son interiores. Que, de largo, son las más dolorosas. Y créame si le aseguro que James Bond deja entrever algunas muy poderosas en esta película, en sintonía con ese Batman grisáceo y plúmbeo de Chris Nolan, que no por vencer a los enemigos saborea éxito alguno.

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