Neoperdedores

Debe ser que estoy influenciado por lo que escribo, y resulta que veo perdedores por todas partes. Incluso donde no debía. Algo así me ha ocurrido revisando unos años después “La vida privada de Sherlock Holmes”, del genial Billy Wilder. El vago recuerdo que guardaba de la película, entonces visionada con su doblaje al castellano, era que mantenía a su manera un cierto respeto a la figura del detective. Eso, y las imágenes de los periquitos, los monjes y los enanos. No abundaré en la trama por si su hija no la vio todavía, señora.

Pero en esta revisión, ahora en su versión original, han emergido algunos detalles que me han causado una cierta decepción. Esencialmente, la intromisión de Wilder en los aspectos más íntimos del personaje, subrayando su orientación sexual, su derrota personal al sentirse incomprendido y nunca amado, fracaso que apenas mitiga resolviendo casos misteriosos.

Es chocante el vulgar amaneramiento que Wilder le imprime al personaje, que poco tiene que ver con el original de Conan Doyle. Es un tratamiento de revista del corazón, de plató de televisión. Baste una insinuación del autor acerca de la misoginia del detective para que los guionistas imaginen el resto de detalles y lo expongan a la opinión pública, cual tertuliano que difunde un rumor malicioso a partir de una caja de cerillas.

O lo que es lo mismo, convertir a un personaje (ficticio) marcado por los sucesivos éxitos desentrañando misterios en un perdedor sin sitio en su mundo, y que sobrelleva la angustia con una solución al 7% de cocaína. Y me parece un acto injusto. Porque suficiente miseria hay ya a nuestro alrededor para irla imputando gratuitamente a los demás. Hay en esta reflexión una dosis de desencanto, dado que Holmes ha sido uno de los individuos que más me ha fascinado desde que aprendí a leer y me cayó un libro de relatos en las manos. Eso, y que el único amor de Sherlock fue Irene Adler, la imposible mujer de “Escándalo en Bohemia”.

3 comments

  1. Lleva usted tres comentarios seguidos sobre la derrota. Eso ya es obsesión. Recuerda cuando sus amigos, en el baño, mientras orinaba, le recordaban que tres toques eran paja. La obsesión es igual. Pero qué sería de nosotros sin obsesiones. Y si me permite, sin las pajas.

  2. Me viene a la cabeza una coplilla de una chirigota gaditana de hace unos años, que decía tal que “En los momentos oportuno; no hay na más bueno como el gustito que se da uno”. En este mundo donde el cariño verdadero escasea, menos mal que nos queda la sabiduría popular.
    Más que obsesión, es oportunidad. Tengo que aprovechar que me ha llegado una idea de la que exprimir reflexiones. La filosofía de alcantarilla es así, de bajo coste.

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