Valor

Leer es una actividad de alto riesgo. Te estás jugando la vida si caes en las garras de Ruiz Zafón, Pérez Reverte, Follett o Dan Brown. Hay incluso una literatura que semeja un ejercicio de equilibrismo sin red sobre las fauces de un volcán. Son esos sesudos libros que aparecen con críticas fabulosas en los suplementos culturales de los periódicos. No se fíe. La erudición intelectual es dañina para el buen gusto. Son historias introspectivas, como el cine español de antes de Santiago Segura, que nos analizan como sociedad y nos revelan lo estúpidos que somos. Ni que hiciera falta que nos lo dijeran.

Otros libros se mueven en el territorio de la marginalidad, casi del culto. Han llegado allí por alguna razón misteriosa. No siempre literarias, me da la impresión. Creo que no es el caso de Bolaño. Mantengo con el fallecido autor chileno una distancia de respeto, como la que se guardaban los pistoleros en los duelos antes de desenfundar el Colt. Hay miradas de reconocimiento. Al menos por mi parte. Las malvas son más prudentes.

Algo así me ocurrió con García Márquez. Y me sucede lo mismo con Vargas Llosa. Los autores sudamericanos retan mi capacidad para entender mi propia lengua, para adaptarme a sus formas y usos, para entender su visión de la realidad, sus diferentes convencionalismos, sus innegables diversidades culturales. Es una barrera invisible que tengo como lector, que he debido levantar casi sin darme cuenta, y que me empuja con mayor facilidad a una novela anglosajona traducida antes que a prosa redactada originariamente en mi idioma.

Luego están los itinerarios. Los autores no son como la máxima de la multiplicación, aquella del orden de los factores y el producto. Una mala elección te puede alejar definitivamente de un escritor, mientras que el acierto te abre las puertas a toda su producción, incluidas las obras más rocosas. Sigo investigando en la fragua, a ver si encuentro el punto iniciático con Bolaño. No sé si serán sus detectives, las pistas heladas, los años venideros o los sinsabores policiales. Seguiré con la alquimia, a ver qué sale.

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