Aires

No reconozco al mundo que me rodea. Quizás es que no lo quiero reconocer, aunque lo tenga bien cerquita. Otra noticia ruidosa, y nunca mejor dicho: los taxistas madrileños se rebelan contra las ventosidades de sus clientes. Le reconozco, señora, que se me escapa la risa. Oía a un cómico decir que si en España causa gracia cualquier cosa que relacionemos con el culo y los pedos. Somos así, escatológicos y primarios, vulgares como un cuesco. Pero dejando a un lado el humor implícito en el arte de la ventosidad, a mí me ha llamado poderosamente la atención el hecho de que haya personas que aprovechen el taxi para relajar el esfínter. Es una demostración de crueldad casi intolerable en un espacio tan reducido como es el habitáculo de un coche. Guarda también un cierto tufo (lo tenía que decir, lo tenía que decir!) a venganza, a revancha ante ese colectivo tan denostado como el taxi, oyentes de Jiménez Losantos por defecto y seguidores de los gatos nocturnos. Ocurre que si esto fuera escrupulosamente como digo, los vengadores serían las personas de ideología opuesta. Y yo no estoy en disposición de afirmar que los de izquierdas son unos pedorros. Carezco de información científica.

Foto: ABC

Traslade el hecho a otro contexto. El taxista no deja de ser un trabajador autónomo que presta un servicio a cambio de una remuneración. ¿A usté se le ocurriría llamar al fontanero, y mientras le mira la bajante (de la cocina) aliviar las tensiones gástricas? ¿Entra en la ferretería a comprar unos clavos y cuando va a pagarle al dueño le obsequia con un sonoro repiqueteo? Si ha comido mal en un restaurante, ¿deja su sello al maitre cuando se marcha? ¿A que no? Entonces, ¿por qué hay gente que somete a semejante castigo a los pobres y exigidos taxistas? Incomprensible.

Metaforeando de forma genérica, diríamos que los taxistas se soliviantan frente a lo que huele mal. Es un poco lo que el resto de la sociedad hace con los sueldos de los banqueros, los privilegios de los políticos, las mentiras de los periodistas y las estupideces de Cristiano Ronaldo. Ocurre que el mal olor dentro de un taxi nunca es una imagen figurada.

4 comments

  1. No quiero abrir una guerra innecesaria, pero el gremio del taxi, tan amigo de cagar sentencias, con perdón, debería de vez en cuando cuestionar si esa peste no procede a veces del propio conductor.

  2. Es una maldad necesaria y aplicable a todas las ciudades nacionales y bárbaras en las que he tenido el privilegio de visitar. El olor a rancio, a ropa sudada, saliva radioactiva es el mismo allá donde vayas, claro elemento de unión entre los pueblos. MI beligerancia contra estos guarros y guarras, que también haylas, está ganando el pulso a mi educación. De hecho, es de los pocos momentos en que una aspira a ser una pedorra. Quid pro quo.

  3. Considero a mi padre una de las personas más educadas que conozco. Pero lo único que lo puede soliviantar son los malos olores ajenos. Es la forma más rápida de espantarlo. Creo que ni amenazándole con otra inspección de Hacienda tiembla tanto.

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