Gruberova

Poco puedo decir yo de esta señora. A sus más de 60 años, es la última enseña de una forma de interpretar bel canto, de un manierismo muy personal, frente al academicismo más estricto de Mariella Devia. Escuela eslava frente a escuela italiana. La Gruberova es una diva, que cuenta con una legión de seguidores acérrimos e indestructibles, inasequibles a todo desaliento. Desde Barcelona a Viena, pasando por Munich o Zurich. Pero ante todo, es el baluarte de una forma de cantar ópera que está en franca decadencia. Aun en la sesentena, es capaz de producir sonidos de una levedad inigualable, hace que las notas floten, leviten en el aire, y juega con ellas a placer, regulando su intensidad sin sensación de dificultad. Así se debe cantar.

Su carrera, no obstante, empezó con Mozart, despuntó con Strauss y en los últimos años casi se ha limitado a Donizetti y Bellini. Originalmente soprano coloratura, se hizo un nombre como Reina de la Noche, pero alcanzó fama mundial con su Zerbinetta. De aquella época ochentera, a mi me enamora su Konstanze, cuya aria principal cuelgo aquí. Todavía no había ido adquiriendo algunos vicios en su canto que se convertirían en santo y seña a partir de los noventa. Al igual que hizo la Sills, adaptó a su voz y características las reinas Tudor donizettianas, la Norma o la Lucrezia Borgia, con creaciones braveadas hasta el infinito.

Hoy, es una cantante en declive, lógicamente tras cuarenta años sobre los escenarios de toda Europa. A pesar de ello, sigue encontrando momentos para emocionarte, para regalarte sonidos que nadie es capaz de igualar. Te acaba dando igual que portamente por sistema en las subidas al sobreagudo, que abuse de inflar y desinflar notas caprichosamente. Nada. Aproveche y vaya a verla al Teatro Real. Aun tardíamente, su Elisabetta del “Roberto Devereux” puede ser inolvidable.

Ay su Konstanze…

2 comments

  1. Después de su demostración yo solo puedo soltar una patada. O un rebuzno. Pero no me resisto a decir que el declive de las grandes glorias tiene una belleza insuperable. Al estilo de una puesta de sol ante el mar. No deja de ser un ocaso, un derrumbe, una caída. Pero qué caída -y ahora la coz-, cojones.

  2. Si emocionante es escucharla, más lo es presenciar el fervor con el que sus seguidores la bravean, cómo no pueden contener las lágrimas con su canto, cómo se esfuerzan para demostrarle su cariño eterno. Es una devoción sólo comparable con la religión.

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