Inmortales

Que el cine inmortaliza a intérpretes, historias, momentos, melodías, frases y directores no es cosa nueva. Es el don que tiene cualquier arte, pero dado que el Séptimo es la confluencia de los seis anteriores, su capacidad para ganar la eternidad es multidisciplinar. Ya sabíamos que “El Padrino” es un hito del celuloide. No descubrimos nada, señora. Que marcó un punto de inflexión en el cine negro, que fijó para siempre las convenciones sobre la mafia (a pesar de que el término nunca se pronuncia en las películas) y consagró a tres actores: Brando, Pacino, De Niro.

Todo esto viene a cuento porque el otro día reuní el tiempo suficiente como para ver una película. Y desde hacía varios años tenía en la estantería la remasterización que el propio Coppola hizo de su trilogía en 2008. Le dio un nuevo barniz, un acabado más oscuro, en sepia y negro, como quien imprime betún de judea en una figurita de escayola para envejecerla. Me hormigueaba más la curiosidad por ver el resultado de esta chapa y pintura que la película en sí. Craso error, porque volví a caer en sus redes.

Casi sin querer, transcurrieron las tres horas de metraje, y volví a sentirme partícipe de la fuerza que empuja a Michael Corleone a abandonar su idealismo para defender a su familia, aunque eso le conduzca a un baño de sangre. Es un personaje fascinante, que se deforma a base de golpes, heredero del príncipe maquiavélico que anteponía los fines a los medios, sibilino, prudente, pero implacable en sus gestos.

Yo, sin embargo, siempre sentí una especial debilidad por Tom Hagen, el hermano que no lo es, el único con estudios en la familia Corleone, el más americano de todos, y por tanto, el despreciado por menos italiano. A Hagen no le mueve la sangre, sino el respeto profundo, el agradecimiento. No está en ningún momento a favor de la violencia, e incluso su gesto denota contrariedad cuando Mike o Sonny desenfundan su ira. Pero sabe que así se han de hacer las cosas.

Pero lo que hace definitivamente grande la primera entrega de “El Padrino” es Marlon Brando. Vito Corleone es una de las mayores creaciones en la historia del cine, una culminación del método Stanislavski nunca jamás alcanzada. El personaje está en la voz, en esa mueca de constante preocupación, pero sobre todo en la mirada, en el cansancio de unos ojos que han sufrido una vida de persecución, de exilio, de lucha, de esfuerzo, y finalmente de recompensa en forma de bienestar para su familia.

Le confesaré, señora, que no era esta primera entrega la que quería ver repintada al sepia, sino la segunda, el apogeo de Michael Corleone y el flashback constante a los orígenes de Vito Andolini. Siempre me disgustó ese toque luminoso a una historia todavía más dura y sórdida que la primera, donde el poder enfrenta a dos hermanos, a un matrimonio, a dos países, a dos culturas. Hallaré el modo de revisarla en breve.

No, mejor no me hable de la tercera.

7 comments

  1. Es un personaje insoportable pero imprescindible para entender toda la idiosincrasia de los Corleone. Es un personaje del que no se dice nada pero se sabe todo.
    La magia de Puzo se pervirtió en las dos continuaciones supuestamente “oficiales” que de la novela hizo un tal Mark Winegardner, que intentan llenar de contenido los lapsos de tiempo entre la primera y segunda película, y entre ésta y la fallida cinta final. Ahí se dicen demasiadas cosas de Fredo.
    Compré ambos libros por diez euros. Tapa dura con sobrecubierta. Ya se imagina en qué sección.

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