Gordilleando

FUENTE: Periodista Digital

Una moda más en un verano huérfano de noticias de verdad. Asaltos a supermercados en nombre de la justicia social, a cara descubierta, rodeados de cámaras de televisión, y cambiando el arcabuz por un megáfono. Asaltos escenificados a fincas con paella y piscina. Discursos demagogos y ebrios de populismo que calan en una ciudadanía que lo está pasando muy mal en este tiempo de crisis. Los valores y las ideologías se van al garete, todo nuestro avance como sociedad formada e ilustrada retrocede a la época revolucionaria francesa. Una casta de políticos llama déspotas a las clases dirigentes, no sabemos si con intención guillotinera o meramente con ansias de sustituirlos en el cargo. La sociedad abraza el desorden desde la miseria en busca de un cacho de pan para sus hijos, loable intención, aunque por el camino se dejen vestiduras como la dignidad y la honradez. Por el camino, los medios de comunicación hacen el caldo gordo a este rastafari de Marinaleda con tal de ganar puntos de audiencia. Curioso que quien hace poco denunciaba la dictadura socialista en Andalucía tras tres décadas de gobiernos autonómicos lleve igual tiempo al frente del ayuntamiento de su pueblo. Debe ser que los regímenes sólo son autoritarios a mediana o gran escala. Y por el camino, España se convierte en un escaparate de grotescas noticias, alimentando aquello de que Africa comienza pasados los Pirineos.

La sociedad admite cualquier tipo de tropelía en su nombre siempre y cuando obtenga un beneficio. Pero en grandes proporciones, claro está. La sociedad no admite que un hombre robe porque perturba el clima normal y decente, pero sí mira con simpatía los asaltos a supermercados porque son hechos con cierto halo beatífico de beneficencia. Somos como la sociedad a la que pertenecemos, y ésta que nos rodea está podrida, o al menos, roída por dentro hasta el tuétano. Somos una sociedad que espera a que los poderes públicos arreglen sus problemas, mayoritariamente analfabeta y poderosamente influenciable con instrumentos tan procaces como el tuiter o La Noria. Somos una sociedad que abraza idealismos caducos, marchitos, anticuados, como los beatos que aferran reliquias de santo para curar enfermedades. Somos una sociedad que no vive en la realidad sino que sueña utopías como salarios mínimos para todo hijo de vecino por el simple hecho de existir. Ya me dirá quién busca trabajo ganando un subsidio desde el sofá.

Y aquellos que llamamos a la sensatez, a dejar de aplaudir al delincuente (por muy social que sea), a bajar a la tierra y encarar la realidad desde una perspectiva razonable, somos los peligrosos fachas. Con todas las letras, señora. Porque el insulto, si es social, es más gratuito que nunca.

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