Reencuentros

Soy escasamente aficionado a la nostalgia barata. Ya sabe, montarse en la máquina del tiempo y revivir el pasado ante la incapacidad de disfrutar el presente. Siempre hay algo en el entorno que nos rodea que da sentido a nuestras vidas. El problema es que no siempre está frente a nuestras narices y exige esfuerzo. Acomodados que estamos, señora.

Si algo hay que está instalado desde hace años en mi memoria son las fiestas en mi pueblo. El gozoso exilio me ha alejado de hábitos que en mi juventud eran poco menos que sacros de toda santidad, marcados en la agenda de un verano al otro con tinta de la que no se borra. Una de esas tradiciones eran las sanas verbenas del Salvador, en mi barrio (o lo que queda de él tras el urbanismo predador y un alcalde analfabeto). Ponche va, lomito viene, en dos noches me ha sido difícil no sonreir, no recuperar la ingenua alegría de la adolescencia. Y de paso, saludar a muchos viejos conocidos, que lo único original que saben decirme es que estoy más gordo. Oh, qué novedad.

Y pese a haber disfrutado de estas noches verbeneras, con orquesta y compadre, no creo que las incorpore a la agenda del próximo agosto. No hay ninguna razón definida, sino más bien el hecho de que si tanto las he disfrutado este año, seguramente se hayan debido a mi larga ausencia. Ocho veranos más tarde, el regreso ha sido agradable. Incluso las tímidas resacas y el revoloteo gástrico. Dejemos que pase un tiempo hasta planear otro retorno igual de placentero. A veces necesito razones para mantener el abono del balneario.

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