Agosto

Las fuerzas flaquean. Las vacaciones que no fueron impidieron recuperar las energías, y estamos llegando a un punto en que no hay luz para encender la bombilla. Y ésta parpadea con una preocupante intermitencia, No ayuda tampoco una inesperada visita con una maleta cargada de recuerdos de los tiempos madrileños, que nos devuelve al ayer más remoto pero con el lastre de todos los años pasados desde entonces. Siempre es agradable revivir una época en la que la única preocupación era estudiar. Sonreíamos más, señora.

Y no veo el final del túnel. Por delante, injustificables esperas hasta que llegue el verdadero momento de las vacaciones, ese que me deja en mi sofá, con un libro en la mano y mecido por los cuartetos de Brahms. Sin madrugones, sin falta de sueño, sin obligaciones. Lamentablemente, sin humo. Ni siquiera tímidas volutas. Y temiendo que llegará septiembre y el agotamiento me secuestrará, sin rescate ni condiciones.

Mientras tanto, funciono a medio gas, como las plantas eléctricas tras una tormenta. Todo va más lento: pensamientos, las teclas del ordenador, el habla… La dueña de mis desvelos mide 1,50 de ancho, que me promete un bendito descanso, placer irrenunciable en este mismo instante.

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