Liturgias

Creo que los periodistas tenemos un punto onanista. Algunos son pajilleros profesionales, no lo niego. Yo no sé exactamente en qué lugar ponerme. Porque nos encanta lo nuestro y regodearnos en nuestros pequeños placeres. He llegado aquí, a esta masturbatoria conclusión, tras descubrir que a mí lo que me pone del blog es la pequeña sonata que compongo cada vez que tecleo en el ordenador. Ese delicioso crujir de letras, que se convierte en adagio interrumpido cuando no tengo claras las ideas, pero que es una sinfonía coral cuando la inspiración se digna en apoyarse en mi hombro. Es la liturgia de la creación, por un lado están las formalidades del rito, por otro la poquita creatividad de la homilía. Yo no puedo escribir en cualquier teclado. Lo siento. Los que están para el desguace me ponen muy nervioso, chirriando y desafinando mi concierto. Tampoco los que me exijan pulsar con demasiado ahínco. Muero por esos de tecla achatada, casi a ras de plástico, que con una mínima caricia regalan banda sonora y letra. Lo que me hace pensar cómo serían aquellas viejas redacciones, con las máquinas de escribir bramando cual sala de máquinas de una lavandería, lavando más blanco que nadie.

Así que cuando vea que un post sólo dice tonterías, incluso si se percata de que se suceden los días en que no doy una a derechas, compadézcase. Piense que mientras la neurona está apagada, hay un pobre periodista seducido por unas teclas que susurran en sus oídos.

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