Retrasos

Teníamos una cita hace cosa de 17 días, y no se ha presentado. Me fastidia la impuntualidad. Suelo conceder esos minutillos de rigor, ese descuento amable que hace que no me cambie el rictus. Pero si quedo con alguien a en punto y llega pasadas las y media, la sonrisa que le muestro no es sincera. Es más, necesitaré de un ligero intervalo para someter el arranque de cabreo que me sobreviene en estos casos. Comprenderán por tanto mi indignación ante la tardanza que comentaba al comienzo. No me parece de recibo. Cuando se fija una fecha y un sitio, es para cumplirlo. Pero aquí seguimos, en Compostela, en el mes de julio, y a 20º. Ni rastro del verano. No se ha presentado.

Luego uno pondera y el cabreo viene a menos. Porque recuerda esas salidas a Italia en plena canícula, las dos y tres duchas diarias para sacudirse el sudor y los 38º, la constante sensación de deshidratación, y la cosa cambia. Me gustaría decir que este antiverano es generalizado en Galicia, pero no me atrevo. Sospecho que esta borrasca tiene algo de carácter local, y que mi amigo Tallón se estará forrando en su negocio de cantimploras para ranas allá en Ourense. O que allá por las latitudes coruñesas y viguesas, donde asoma la playa, el sol se deja ver. Tampoco. Esto debe ser el cambio climático. Y la culpa es de Aznar, obviamente.

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