Acabar

Resuena en mi cabeza una frase de mi padre, que supongo que me persigue allá por donde voy. “Eres un inconstante”, repetía machaconamente, “las cosas que se empiezan deben terminarse”. Y razón no le faltaba, porque siempre he tenido un cierto reflujo gaseoso, con mucha burbuja al principio y poca al final. Tampoco es menos cierto que si respondía así era porque se me imponían tareas de la más variopinta índole, desde las escuelas deportivas (lo que me hizo repudiar el ejercicio físico casi tanto como el whisky de garrafón) a las clases de idiomas. Aunque si hoy sé algo de inglés, es gracias a eso, lo admito.

Así que bajo el estigma de las tareas inconclusas afronto esta post-juventud en que me encuentro. Y eso sostiene mi actitud como lector: salvo que sea imposible, los libros deben acabarse. Hay un punto de masoquismo en esta postura. Hay que tener ganas de flagelarse con un título que no nos llena por el mero hecho de decir “lo terminé”. Sospecho que este virus paterno pretendía extenderse a otras facetas de mi vida y no sólo a las páginas de papel. Sigo sin encontrarle otra utilidad, señora. Aunque lo que restalla en mi conciencia es el hecho de que en los últimos tres años, el único libro que he dado por imposible ha sido “La educación sentimental” de Flaubert. Y sin embargo, me tragué un infame “El libro de las almas” de Glenn Cooper como si fuera aceite de ricino.

Vivo en la contradicción.

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