Trece

Son los grados que puede caer el termómetro en esta bendita piedra compostelana en apenas 24 horas. Así, de golpe, sin avisar. Tiene Santiago cierto regusto a poema sinfónico. Casi como si fuera la “Vida de Héroe” de Strauss que estoy escuchando ahora. Hay un arranque cargado de optimismo, cual día soleado, que muestra los contornos de la ciudad, su perfil recortado por las torres de la Catedral. Pero luego irrumpe un movimiento tormentoso, agitado, con metales y percusión imponiendo su ritmo. Es la borrasca perenne del viejo campo de estrellas. Sigue un trance adagiesco, lento, como el paseo que exigen sus pétreas calles y rincones, en el que incluso entre la calma se cuelan arranques violentos como esa lluvia que no remite nunca y siempre está dispuesta a hacer brillar su viejo casco. Compostela es una obra de conjunto, donde tanto importa lo que se ve como lo que se siente, lo que se observa como la luz que permite hacerlo. Compostela es su piedra y su lluvia, su sol y su gente.

¿Dije trece? No, son nueve. Nueve, los años que llevo ya aquí. Y todavía tengo cosas pendientes por hacer. Quedan muchas hogueras de San Juan por saltar. Es por el humo, ¿sabe?

2 comments

  1. Uno de los grandes temas de la vida es la huida. Y nueve años en el mismo sitio es mucho tiempo. Yo me fui al séptimo. O me echaron. Ya no recuerdo.

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