Conspiradores

Una figura social que emerge en estos tiempos difíciles es la del teórico de la conspiración. A su juicio, ningún acontecimiento es fruto del azar, sino que es el resultado de tramas urdidas por poderes fácticos (fácilmente reconocibles o no), que sólo buscan la consecución de sus propios intereses. Debo ser de natural ingenuo, porque creo que en este mundo las cosas ocurren con más naturalidad de la que creemos. Me admira, en cualquier caso, el minucioso trabajo de recopilación no ya de pruebas, sino de levísimos indicios que sostengan sus elucubraciones. Esto, claro está, los obliga a estar siempre a la defensiva, aunque a su lado pase una ancianita pidiendo limosna o una tierna madre primeriza empujando el carrito de su bebé.

Que yo me pregunto si la vida no se disfrutará mejor sin estar pendiente a la pared por si el vecino hace demasiado ruido arreglando un reloj, o si el pescadero trae chipirones tres días seguidos en lugar de luras, o si un político dice una frase en tiempo compuesto o en tiempo simple. Una de las cosas que aborrezco de la (mi) profesión periodística es esa creciente tendencia a entrever conspiraciones por todas partes, con la consiguiente autoproclamación del plumilla como valeroso desenmascarador de las mismas. En sus manos está devolver la Justicia (con mayúsculas, que para eso tenemos el ego subido) al mundo, arrancar la venda que ciega al ciudadano ignorante, aleccionarlo en la (su) verdad absoluta. Menos mal que nos quedan los periodistas. Qué haríamos sin ellos.

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