Verdes, verdes

(Foto procedente de la web "La caja de Pandora")

Zapea uno por televisión, y en esos canales de la TDT tropieza uno con unos ojos que lo dejan patidifuso en el sofá, con una de esas miradas únicas que ha dado nuestro cine, con una presencia arrebatadora. Y ahí se queda, tragándose “El último cuplé” de principio a fin, porque no es capaz de deshacer el embrujo de Sara Montiel, una a la que el adjetivo grande le queda pequeño. Ella es el principio y el fin de la película, el único interés de una cinta que fue la película más taquillera de la década de los 50 en España. Comprensible, en un país que apenas levantaba cabeza tras la negra posguerra, maniatado en sus libertades y bajo el yugo del nacionalcatolicismo. Poco importaba que fuera una producción de cartón piedra, de guión insulsote, costumbrismo pacato para una España vulgar y necesitada de alegrías tras tanta miseria. A las órdenes de Orduña, la Montiel aparece en escena y secuestra las voluntades del espectador con sus ojos verdes, con ese gesto arrogante, con esos labios sensuales que sonríen con malicia y conquistan con un simple puchero, con esa voz cupletera tan personal y embaucadora.

Fue una diva. Fue la más grande artista que tuvo este país durante décadas, hasta que el tipo de cine que ella representaba fue cayendo en el olvido primero, y en “Cine de Barrio” después. Este cine popular, sin más pretensión que entretener a una generación que no tuvo las inquietudes culturales de las que la sucedieron, quedó relegado al ostracismo, olvidándonos que es el fiel reflejo de una etapa de nuestra historia, de la que ahora renegamos. Y no creo que sea mejor o peor que la actual, sino hija de sus circunstancias. Como ocurré con el cuplé y sus tonadillas, hermano pobre de la zarzuela, rico en historias, austero en partituras.

Los alemanes tenían a la Dietrich, los franceses a la Piaf. Nosotros tuvimos a la Montiel. Terenci Moix la bautizó como “Saritísima”. Y no se quedaba corto. Su cine es ella, nada más y nada menos. De vez en cuando, es un placer enorme caer rendido a sus pies. Sólo por esperar que ella se te acerque, tienda su mano y te mire con sus dos esmeraldas entornadas mientas esboza un cuarto de sonrisa.

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