Fuego verdiano

Con toda probabilidad, la escena de Manrico en el tercer acto de “Il Trovatore” tenga algunas de las melodías más conocidas de Giuseppe Verdi. Es un título que acumula un buen puñado de tonadillas muy populares, casi desde el mismo día de su estreno, y que vino a confirmar el estado de gracia de su autor, que el año antes ya había seducido a las masas con “Rigoletto” y la canzone La donna è mobile, casualmente interpretada por el tenor y no el barítono, que es el verdadero protagonista de la ópera.

La escena reproduce con un academicismo proverbial la fórmula compositiva del melodrama romántico italiano: recitativo + cantabile + tempo di mezzo + cabaletta. Su segundo movimiento, Ah si, ben mio, es de una delicadeza notable. Se le exige al tenor que sepa apianar, introducir la media voz en su interpretación, que se pliegue a los trinos de la partitura, y sobre todo, que emocione a su amada Leonora, a la que se está declarando. Todo cambia con la llegada del mensajero que anuncia a Manrico que su archienemigo, el Conte di Luna (su hermano, algo que él ignora) va a quemar a su madre, Azucena. La melodía suave y aterciopelada da paso a una explosión musical, la famosísima Pira, prueba del nueve para mucho tenorino con ínfulas verdianas. De escritura exigente, aquí se miden las fuerzas del tenor.

Luciano Pavarotti fue, sin ningún género de dudas, la voz de tenor más hermosa del siglo XX. Su Manrico entronca con la escuela de canto italiana más depurada, lejos de los matices más heróicos y excesivos de los Corelli o Del Monaco. Aquí, en un directo del Met de 1988, está simplemente estupendo (aunque sospecho que la Pira está rebajada medio tono). La magia verdiana, el fuego de su música, salta del escenario y el foso al patio de butacas para incendiar el ánimo del aficionado y llevarlo por su montaña rusa de emociones sin fin. Pronto veremos “Il Trovatore”, señora, pronto. Muero de ganas.

2 comments

  1. Corelli es un grande. Forma parte de ese grupo de cantantes que despliega todo el esplendor de su voz y va iluminando el teatro, va llenando el espacio con un agudo limpio, brillante, mágico. Su Manrico es ejemplarmente heróico, arrojado. Vendería varías veces mi alma al Diablo para haberle visto la función de Salzburgo, con Karajan en el foso. Pero desde un punto de vista estrictamente estilístico, sentimientos aparte, Pavarotti clava el papel tal y como lo concibió su autor. Son interpretaciones complementarias.
    Si puede, acérquese a Valencia a presenciar el fabuloso Trovatore de estas fechas. Descubrirá a Jorge de León. Merece mucho la pena. Voces de esas no quedan.

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